La pistola negra descansaba sobre la palma extendida de Alexander. Pequeña. Compacto. Y obscenamente pesado. Isabella la miró. No como un objeto. Como una sentencia. "¿Estás conmigo, Reina? ¿O vas a dejar que el perro gane?" Levantó la mano. Sus dedos temblaron al rozar el metal frío del arma. La tomo. Era real. Demasiado real. —No es un juguete, Isabella. —La voz de Alexander era hielo puro. Sin emoción—. Tiene el seguro puesto. Aquí. —Su dedo señaló un pequeño interruptor—. Lo sacarás solo cuando estés lista para usarla. Un disparo en solitario. Probablemente sea todo lo que necesitas. O todo lo que tengas tiempo de hacer. Isabella asintió, sin poder hablar. Su garganta estaba cerrada. —El chaleco. —Él señaló la prenda negra sobre el escritorio. Dejó la pistola sobre el escri

