El clic de la cerradura electrónica fue el sonido más solitario del mundo. Isabella quedó inmóvil en la oscuridad del dormitorio de Alexander. El Ala Oeste. Su santuario. Su nueva prisión. La única luz provenía del débil resplandor del pasillo, bajo la puerta, hasta que esa también se extinguió, sumiéndola en una oscuridad casi total, rota solo por el débil brillo digital de un reloj en la mesita de noche. 3:17 am Estaba encerrada. Solá. En la habitación del hombre que la había besado, exiliado, reclamado y ahora... ¿protegido? El aire era espeso. Olía a él. Una mezcla compleja de colonia cara (a base de madera y cuero), el ozono de la tecnología siempre encendida, y algo más personal, casi animal. Olía a poder, a control, pero también... a la soledad que había oído en el jazz triste.

