La mano de Alexander soltó la de ella. El calor se fue, dejando un frío que se sentía más profundo que antes. "Vos sos el escudo." "Vos sos mi espada." "Me estoy enamorando de la mujer que la dispara." Las palabras de las últimas cuarenta y ocho horas eran un torbellino en la mente de Isabella. Habían pasado de enemigos a aliados forzados, a algo... más. Algo indefinido, peligroso y ahora, aparentemente, puesto en pausa. Él había retrocedido. No básicamente, esta vez. Emocionalmente. La confesión en el ascensor ("mil veces más peligrosa") había sido sellada bajo siete llaves. Ahora volvía a ser el General, y ella, su soldado más valioso. —Atacamos primero —dijo él de nuevo, su voz recuperando la resonancia fría del CEO—. Usamos el arma que él no sabe que tenemos. Un vos. Isabella lo m

