»Cuando hube cruzado la puerta, los druidas cerraron ésta. Advertí que me hallaba en lo alto de una larga escalera de piedra. Era una construcción que iba a ver una y otra vez a lo largo de los siglos siguientes, y que tú ya has visto dos veces y volverás a ver: son los peldaños que descienden a la Madre Tierra, a las cámaras donde siempre se ocultan los Bebedores de la Sangre. »El interior del roble contenía una cámara de techo bajo, sin pulimentar, y la luz de la antorcha se reflejaba en las bastas marcas dejadas por los cinceles en la madera. Sin embargo, la cosa que me llamaba estaba en el fondo de la escalera. Y, de nuevo, me decía que no debía tener miedo. »No estaba asustado. Me sentía estimulado como en mis sueños más turbulentos. No iba a morir tan sencillamente como había

