George Habían pasado unos días y no sabía qué diablos hacer. Estaba entre la espada y la pared, pues no quería lastimar a María Fernanda. A pesar de que no la amo, le he tomado un cariño especial; es una buena persona y sé que no se merece ser repudiada por la sociedad por algo que ella no sería capaz de hacer. Pero también está la posibilidad de que, si me divorcio, Allegra pueda volver conmigo. Mierda, todo esto es tan complicado que realmente no sé qué hacer. Suspiro y echo mi cabeza hacia atrás, viendo el techo de mi oficina, cuando escucho que se abre la puerta. Yo suspiro porque la única persona que entra sin avisar es el diablo de la familia. —No me ignores, que sé perfectamente que me has escuchado. Yo giro mi silla y la miro a los ojos. —¿Qué es lo que quieres, madre? ¿No te

