Sus palabras hacen eco en mi mente sin dejarme pensar en algo más que no sea temor por ellas. La cercanía de su piel con mi piel me hace sentir algo que podría describirlo como seguridad solo si esa palaba no me sonara aterradora ahora mismo. La discreción con la que permito que me toque le es muy útil porque siento suavidad y sinceridad con cada toque. Sus caricias en mis brazos me calman y puedo calmar lo alterada que estaba gracias a él.
- ¿Me permites ser el que te consuele de todo el mal que has vivido ahora mismo?
- ¿Cómo sabes que no he vivido algo bueno? -acerca más su cuerpo y sus brazos me abrazan por completo.
-Me bastó con ser atento y verte en silencio.
La tarde transcurrió lenta. Él me contó que la cabaña le pertenecía desde que tiene memoria y que él y sus padres venían en vacaciones hace muchos años. La curiosidad hizo que casi le pregunte sobre ellos, pero no quería arruinar el momento. Luego me llamó la atención el lago, el agua se veía muy fresca y transparente para pasar un rato con los pies sumergidos. La idea no lo disgustó, al contrario, cuando estábamos con los pies dentro del agua él se sumergió y se empapó todo, agarro mis pies y me tiró junto con él.
Mi cara se tornó totalmente roja al sentir la tela de mi blusa pegada a mi cuerpo y ceñirlo.
- ¡Oye! -protesto.
-No puedes decir nada cuando fuiste la de la idea -ríe y se acerca para quitarme un mechón de cabello del rostro.
Ya me siento más tranquila. Es más, ya ni recuerdo lo que había pasado antes porque él hizo que me concentre en su mano y en su mirada suave. Sus dedos se deslizan por mi cara hasta mi mentón, siento que están fríos, pero no los aparto. Traga grueso al darse cuenta que lo he estado mirando y para liberar el ambiente le echo agua en la cara.
- ¡Oye! -protesta.
-No puedes decir nada cuando tú empezaste -me defiendo.
-Entonces es una guerra -iba a decir algo, pero empieza a golpear el agua con fuerza para tirármela toda.
Hago lo mismo y empezamos una batalla de tirarle más agua al otro.
- ¡Me rindo! ¡Para! -paso las manos por mi cara y abro los ojos-. Has ganado -digo derrotada.
- ¿Ya? ¿Tan rápido?
- ¡Si me has mojado toda!
-En realidad, si aún no te das cuenta, estamos mojados -señala el agua alrededor.
-Eso no -me cruzo de brazos-. Digo que casi no me has dejado respirar.
-No soy de los que forzan sus hazañas, la verdad -se acerca y me da una mano-. Ven, te ayudo a salir.
Él sale primero y luego me ayuda subiendo. Mi cara vuelve a tornarse roja al ver que su camina blanca está pegadita y se le marca en su cuerpo, contando que no trae nada por debajo. Me mira y parpadeo al ser descubierta.
- ¿Vas a quedarte así?
-Tengo que esperar a secarme -explico.
-Déjame formular mejor la pregunta -hace una pausa-. ¿Te sientes cómoda esperando así?
Hago cara de no entender lo que me dice hasta que me señala y bajo la mirada. ¡Mierda! ¡Tengo toda la ropa pegada a mi cuerpo y se transparenta mucho!
-Espera aquí -se va y desaparece cuando va hacia la cabaña.
Corro al auto y busco alguna prenda para cubrirme, pero me doy una cachetada mental al ver que no traje mi mochila. Bueno, tampoco es que siempre lleve ropa allí, pero las esperanzas de encontrarte algo que hayas guardado por guardar en el bolso nunca son suficientes.
-Aquí estás -escucho decir detrás de mi y me giro-. Te estaba buscando en la orilla. Traje un par de toallas.
-Gracias -agarro una y empiezo a secarme el cabello, me extiende la otra y la tomo despacio porque pensaba que era para él.
- ¿Y para ti?
-Tengo ropa en el auto -camina hasta la parte trasera y abre para sacar dos camisas blancas de tela muy serias, un pantalón de tela n***o y unos shorts cortos deportivos-. Espero te gusten los shorts…, aunque podemos cambiar.
Miro el pantalón y niego al instante.
-Me gusta la ropa seria, pero estos me quedarían colgando -sonríe y caminamos hasta sentarnos en el césped junto a la orilla del lago.
Sin cambiarnos aún, la misma pregunta que él me hizo hace un rato pasa por mi mente.
- ¿Has vivido una buena vida? -suelto, su mirada divaga unos minutos y luego niega, no tan convencido de hablar-. Sabes… -continúo-, en la vida hay muchas maneras de lastimar a la persona que te ama y la más dolorosa es no amarla de vuelta -hago una pausa y me dirijo a él más segura que nunca-. Eso pasó conmigo. Amé a las personas incorrectas y, bueno, no me devolvieron ese amor necesariamente.
-Eres muy fuerte, Débora, y eso me impresiona.
- ¿Qué hay de ti?
Piensa.
-Supongo que aprendí a sobrellevarlo todo -dice-. Por eso es que estoy aquí. Y sigo aquí. 17