¿CULPABLE O INOCENTE?
Sus labios eran tan suaves que no podía despegarme de ellos. Lo cálidos que eran y cómo encajaban con los míos era tan perturbador para mi mente.
¿Era culpable o inocente?
Tengo tanto para darle. Maldición… Aléjate de mi porque yo no tengo las fuerzas para apartarte y sacarte de mi vida. Débora, sé buena y suéltate de mi mano antes de que te condene. Piensa en ti y vela por lo mejor, lo sería para ti si el caso fuese distinto. Eres tan adicta que tengo miedo de convertirme en un adicto a tu esencia. A tu manera de ser y de hacerme sentir.
-Débora… -murmuro en sus labios, deseoso-. Tienes que parar esto.
Sus manos toman mi cuello y me acerca tanto que mis manos agarran su cintura y la apegan a la mesa de atrás. No tiene intenciones de alejarse y yo no tengo el poder sobre mis manos ahora mismo como para dejar de tocarla.
-Chicos, Daila y yo iremos a…
Mierda.
Sus labios se desprenden y sus ojos se quedan quietos en los míos.
- ¿Interrumpo algo? -pregunta mi amigo.
No puedo verlo porque estoy de espaldas, pero ella sí porque se mueve y pasa por mi lado.
-Me tengo que ir -dice y escucho que sale del área de juegos.
-Ok… No sé si interrumpí algo, pero está muy molesta… por lo visto.
Paso una mano por mi cara y trato de asumir lo que acababa de hacer.
- ¿Dónde irán Daila y tú? -pregunto sin girarme.
-Olvídate de eso y ve tras Débora antes de que te arrepientas -dice-. Esa chica no es cualquier chica.
Lo veo y con la mirada siento cómo me dice que no pierda mi tiempo parado en medio de la nada. Rápidamente camino a paso apresurado y bajo las escaleras para llegar a la entrada principal donde la veo cerrar la puerta. Tomo la perilla y la veo caminar muy apresurada a unos metros a mí.
- ¡Débora! -la llamo-. ¡Espera! -corro y la tomo del brazo-. ¡Para!
Sus ojos me miran con una gran decepción y hace que me quede sin saber qué decirle.
-Lo que sucedió fue…
-Un error -me interrumpe-. Lo que fue es un error -repite.
Abro mi boca para protestar, pero se gira y sigue caminando.
-No -digo y ella se queda quieta dándome la espalda-. No fue un error -aseguro-. Nunca estuve tan seguro de hacer algo tan impulsivo contigo, pero créeme cuando digo que no fue un error para mí…
-Para mí si lo fue -me corta-. Eso no debió suceder entre nosotros.
Frunzo en ceño al escucharla mientras parpadeo y busco algo qué decirle para que no se valla.
-Al menos mírame.
-No -hace una pausa-. No puedes acercarte a mí de ahora en adelante.
- ¿Por qué eres egoísta… conmigo?
-Dime, ¿qué es lo que quieres? ¿Eh? -me quedo en silencio al no saber qué responder-. ¡¿Qué quieres, Lían?!
-Que te quedes.
- ¿Para qué?
-No lo sé. Pero no te vallas -me acerco y quedo a centímetros de su espalda alejando las ganas que tengo de tocarla-. Perdóname.
¿Qué estoy haciendo? ¿Disculpándome? ¿Por qué demonios estoy siendo vulnerable y sintiendo temor por ella? Eso no es mío… ¡Es estúpido!
-No, Lían. Yo no… -suspira-. No es correcto.
- ¿Por qué? -pregunto suave-. ¿Acaso no puedo besarte y quedarme contigo para sentirte cerca? -mi voz sale muy pesada-. ¿No puedes ser como las otras mujeres, o como tu amiga, y estar conmigo?
- ¡Yo no soy un objeto al que puedes tirar cuando te plazca!
- ¡Entonces dame una razón para no acercarme a ti como quiero hacerlo! -avanzo un paso y siendo el calor de su espalda contra mi pecho, el estremecer de su cuerpo al estar en contacto con le mío-. ¿Por qué, Débora?
-Consigue a otra chica para pasar el rato y déjame a mí en paz.
Agarro su muñeca y la volteo para verla a los ojos.
-Mírame y ve si en mis ojos hay una pizca de arrepentimiento -no lo hace y tomo su rostro muy suave para que lo haga.
- ¡Que no, Lían!
- ¿Te arrepientes? -suelto-. Dime la verdad.
-Si -asegura muy dispuesta a demostrármelo, pero sus ojos me dicen que es todo lo contrario.
Mis intenciones no son las mejores. Ahora mismo quiero explotar de ira, de gritar o matar a alguien. Tengo su rostro frente mío y no puedo controlarme.
- ¡Lían, ¿qué haces?! -acerco mi boca y ella trata de apartarse sin tantos resultados-. ¡No…!
Si.
- ¡Lían…! ¡Mierda! ¡Suéltame, idiota! -agarro con fuerza sus muñecas y la acerco para poder tocarla-. ¡Dije que no! -el golpe de su mano en mi mejilla logra que deje de sostenerla con fuerza, parpadeando al no entender lo que trataba de hacerle-. ¡¿Qué te pasa?! -miro mis manos sujetándola, luego su cara de temor-. ¡Suéltame de una vez, Lían! -le hago caso, aún inconsciente de mis actos tan bruscos e impulsivos.
Puedo ver lo decepcionada que está de mi ahora mismo y eso me atraviesa el pecho.
-No… -me señala-. Ya no y nunca más -aprieta sus labios antes de irse.