EL DIABLO NO NEGOCIA
A menudo, tras vivir un trauma llamado vida sin permitirse elegir, las consecuencias de estar de pie eran irremediablemente fuertes. También se sentía vacío. Me sentía libre de no pertenecer a la acogida y cómoda humanidad. La libertad que me carcomía y me hacía dar cuenta de muchas cosas. Las mismas de siempre.
Y ahora me doy cuenta que luego de hacer lo que hago no pienso en un avance. Es lamentable no tener el placer de programar mi futuro y solo seguir el mismo camino que he tomado. Es asfixiante saber que no podrás escapar de aquello. Y aún más asfixiante no querer cambiar tus planes porque simplemente admiras lo que han creado. Lo que te han hecho.
Pareciendo un psicópata por querer vivir en cenizas y permanecer encerrado en cuatro paredes.
-Aquí estás -la siento detrás de mí, bajando sus manos por mis hombros hasta mi pecho-. No sabes la falta que me hiciste estos días.
-Ah, ¿sí? -se sienta en mi regazo y me abraza por el cuello-. Y se puede saber por qué.
-Porque eres el único hombre de verdad que conozco -se acerca a mi cuello y lo ataca intentando lo mismo de siempre.
Mi intento de disfrutar de sus juegos desaparece al sentir total desprecio por ella.
- ¿Vamos a otro lugar? -propongo-. Ya es hora.
- ¿Hora para qué? -murmura, concentrada en mantenerme vulnerable.
-Hora de que me conozcas -confieso.
- ¿Qué escondes para mí, guapo?
-Mucho… Y solo para ti -se levanta y me hace tomar su mano.
Lo siento, pero he incumplido la regla número cuatro… Al fin y al cabo, mis deseos no eran esos, sino otros más oscuros y perversos. Más atemorizantes.
- ¿Has entrado a una cabaña?
-No -me toca la entrepierna sin disimular un poco mientras manejo y se muerde el labio inferior, impaciente-. Pero hacerlo en una sería tan original que solo el pensarlo me excita.
-Estás en todo lo correcto… -asiento y saco su mano con disimulo y la pongo en su rodilla, disgustado-. Hacerlo en una cabaña es tan original. ¿Tienes algún sueño que quieras cumplir en tu vida?
-El casarme con un rico y que me saque de la pocilga de burdel donde vivo es uno de mis sueños. Estar bañada en billetes y aguantar a un viejito hasta que muera no suena mal.
- ¿Y tienes hijos? -enciendo las luces delanteras al notar que estamos saliendo de la ciudad.
-No me veo siendo madre.
- ¿Padres?
-Si los tuviera viviría en otro lugar, ¿no te parece?
-Entonces estamos en la misma posición -aseguro.
-Pero tú si estás bañado en dinero -busca en su bolso y saca su celular-. La vida de los pobres es mediocremente difícil.
-Estás de suerte porque esta noche -digo- me aseguraré que vivas lo que yo viví... Ten muy presente tu sueño frustrado.
- ¿Y tú los tienes?
-No creo en ellos -afirmo-. Pero si en el destino, porque él acaba de unirnos.
Estaciono frente a la puerta y nos bajamos. Ingresamos y al ver su mirada vaga por todo el lugar me acuerdo de Débora… Su expresión de asombro era muy curiosa. Le tomo el brazo y camino con ella hasta la puerta que da para el sótano.
-Ahí dentro es donde descubrirás algo muy especial en mi que no podrás resistirte a negarte y tampoco querrás volver a ver la luz del sol. O, bueno, no podrás hacerlo nunca más.
-Si hablas de vivir aquí para no salir créeme que no dudaría en aceptarlo -toma la perilla de la puerta y la gira, baja poco a poco las escaleras y yo la sigo-. ¿Dónde está el foco de luz? Está muy oscuro.
-Tranquila -camino hasta la mesa de manera y tomo un pañuelo para empaparlo y quedarme delante de ella. Jalo la piola y puedo verla un poco desconcertada-. Aquí está.
Parpadea un par de veces y da un paso delante de mi al verme sonreír de lado. Pero la lujuria en sus ojos desaparece al ver por encima de mis hombros la mesa donde están todas mis herramientas de trabajo ilícito. Su boca se abre un poco y su respiración empieza a ser agitada. Mira mis ojos buscando respuestas, pero solo la miro con un deseo puro intenso.
Da dos pasos hacia atrás y cae en la silla donde más de una mujer ha estado atada y expuesta para mí. He esperado esto por días… Me resulta fascinante.
-Lían, ¿q-qué e-es… todo… e-esto? -su cara está muy atemorizada.
-Es tu sufrimiento -digo sin importancia-. Pequeña… Cuando lo pensé me dio pena saber que podría dejar a alguien más sin madre o impedir que una mujer cumpla sus sueños, pero cuando respondiste a mis preguntas y al darme cuenta que tienes un cerebro tan vacío como tu alma obtuve la respuesta a mis dudas. No te haría mas que un favor al desaparecerte de este mundo sin futuro.
-Tú…
- ¿Yo? -me burlo.
-Eres tú, maldito imbécil.
- ¿Yo qué soy? -espero atento-. ¿El rojito del que hablan en las noticias?
-Tú… Maldito seas… ¡Eres tú, desgraciado!
- ¡¿Te has dado cuenta?! ¡Qué horror! -ironizo y avanzo para inclinarme hacia ella-. Bendita la noche en que te cruzaste por mi mesa y me propusiste sin tanto costo el entrar en tus piernas.
-Maldita la noche que te encontré -corrige, sus lágrimas a punto de caer y sus dientes apretados-. Eres El Rojo, el hombre más buscado por la policía y el asesino más desquiciado de todos.
-Y el mejor -completo-. Que no se te olvide esa parte.
- ¿Qué vas a hacerme? ¿Eh? ¡¿Dime de una vez?!
-Ya lo has visto. No te hagas la inocente -acerco el pañuelo hasta dejarlo en una de sus rodillas-. Tienes dos opciones: una muerte lenta y cruel o una rápida y sin dolor. Si eliges la segunda opción entonces huele el maldito pañuelo hasta quedarte inconsciente o tíralo a un lado y prepárate para tu peor pesadilla.
- ¿Por qué? ¡¿Por qué haces esto?!
-La misma pregunta de siempre -froto mis sienes y suspiro muy impaciente al mirarla-. Te disfruté tres días. Oír tus suplicas saciaron mi sed, ahora solo me atormentan y me dan dolores de cabeza. Acabaré haciéndote un gran favor. Al menos no tendrás que vivir con un trauma que resuena día tras día en tu mente porque morirás luego de obtenerlo.
-Déjame ir y prometo no decirle nada a nadie -niego-. ¡Por favor! ¡Lían!
-El diablo no negocia.