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692 Palabras
Lo peligroso no es la ciudad Las pesadillas son fragmentos de recuerdos que te han marcado o situaciones que cambian para bien o para mal. En algunos casos, cuentos malvados, partes de una película de terror o situaciones que aún no has vivido. La mayoría lo describe así. Señales o advertencias, cosas que pasaron recientemente, pero para Lían todo era completamente diferente… Las pesadillas no cambian a las personas, solo las pone alertas, a la deriva de algo, y a él lo puso a la deriva de todo. Aquellas pesadillas que tenía las noches de los jueves eran más que terroríficas, ansiosas o incompresibles. Recordar la misma escena, el mismo escenario sin omitir nada y cómo al día siguiente todo marchaba igual de tranquilo en su colegio le era impresionante e incierto. Nadie sospechaba lo ocurrido, pues claro, quién iba a pensar o siquiera imaginarse algo de esa magnitud. Todo cambiaba cuando pisaba la acogida casa de su tía donde tuvo que permanecer al cuidado de su padre… El hombre que lo inició todo. ¿Por qué nadie anunciaba la noticia? ¿Siquiera hubo algún chisme proveniente de las vecinas del barrio donde vivía? No, esa noche era tan desolada que ninguna se dio a notar una vez llegaron las autoridades y los responsables de recoger el cuerpo para trasladarlo y examinarlo en una clínica forense. No había nada en los periódicos ni comentaros con morbo por parte de alguien. Fue un caso muy grande, un evento memorable, ¿por qué solo él le daba importancia? Su hijo, el que presenció gran parte de su muerte, de su madre, era el único que buscaba respuestas. Y al mismo tiempo no encontraba nada, respuestas vacías, y algo fuerte en su cabeza. Algo que tenía total control de él… Desde esa noche no volvió a escuchar su voz. Lo dulce y tranquila que sonaba ya no era lo que guardaba para él… Tampoco la vería lucir esos largos vestidos que compraba con frecuencia o leer las revistas que moda mientras sentada en una silla se asombraba por los escándalos y al mismo tiempo los disfrutaba. Ni verla sonreír por algo que la animaba, abrazarla o admirar lo hermosa que era para él. Sabía que había muerto, pero ni siquiera fue al cementerio para darle una buena despedida a la mujer que le dio la vida, que lo vio crecer y estuvo para él desde que lo recordaba. Como si desaparecer su cuerpo para que nadie se diera cuenta fuera la respuesta a todas sus preguntas. Tantos peros que ni él sabía de dónde provenían. Tanta intriga con aquel tema que no lo dejaba en paz. Eso no era lo único que ocurría. Su mente jugaba con él cuando le apetecía, producto de aquella noche. Producto de un trauma… Las noches de insomnio le impedía pensar con claridad. Su mente se nublaba por los recuerdos. Ya no era ese niño de ocho años que pasó por psicólogos especialistas. Ni el que lloraba todos los días. Ahora era Connor, el hombre hecho y derecho que siempre quiso ser. El temible. No el que quería venganza sino el que la estaba consiguiendo. Ese niño indefenso no existía, murió para que el verdadero saliera a la luz. El monstruo… Porque él sabía lo que era, lo que creó y no estaba en contra de lo que hacía. Era el que escuchaba su mente y la complacía, no el que se tapaba los oídos refugiándose de sus pensamientos. Sí, esos pensamientos tenían mucho tiempo desde que iniciaron. Un hombre solitario, huérfano, sin madre y con un padre muerto para él porque fue el causante de los golpes y los morados que tuvo su madre, de las líneas rojas en su muñeca, de las caídas en el baño que tenía con frecuencia. Y sentía que le era el único responsable de la muerte de esa mujer. ¿Cómo pudo no darse cuenta? Porque su padre era la principal causa y él..., el causante de todo. Porque es Lían Connor... El hombre más desquisiado de la ciudad. Porque es el monstruo. El protador del apodo del que todos hablaban... El Rojo.
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