Capítulo 8: Debajo de la piel

1469 Palabras
Catalina —No puede volver a casa todavía. No lo pregunté por qué. Solo asentí, sin ponerme a pensar que yo no era la criminal aquí, que yo era una víctima y me mantenían a mí en una celda en lugar de la verdadera amenaza. La habitación a la que me llevaron no estaba completamente cerrada. La puerta tenía una rendija de luz en la parte inferior, una línea blanca que dejaba entrar su brillo. Me acosté de lado, dándoles la espalda a la cámara del techo. No podía dormir. Solo respiraba lento. Las botas volvieron a pasar frente a la puerta. Se detuvieron. Escuché el roce de tela contra pared, el peso apoyándose. Otra persona se acercó, ambos charlaban como si nada, como si lo que me pasó fuera el pan de cada día. —¿Está dormida? —Eso parece. Se hizo un silencio breve. —¿Es ella? —Sí. —No parece gran cosa. Una risa seca. —Para él sí lo es. El zumbido de las luces se hizo más fuerte en mi cabeza. ¿Para él? —¿Es verdad lo que dicen? —¿Qué cosa? —Que es su… mascota. La palabra cayó al suelo como algo viscoso, me abracé el torso, haciéndome un ovillo sobre el catre. Uno de ellos suspiró. —No sé qué es para él. Pero no la quiere aquí. Ya llamó. Mi estómago se contrajo, abrí los ojos. —¿Y qué hacemos? —Lo que hacemos siempre. Que firme y se vaya. Cuanto antes mejor. No queremos problemas. —¿Y el informe? —Se redacta similar a los demás. Silencio otra vez, solo cortado por el sonido inconfundible de un encendedor, seguido de una inhalación. —Ese tipo no pierde nada. Monroe fue el que le disparó. Lo encontraron en el río hace unas horas... Las botas se alejaron, dejando las palabras para que yo, sin que ellos lo supieran, las interpretara. Ese policía que mencionaron, debe ser el que le disparó a Jax... Me di cuenta de que Jax no huía. Él reorganizaba. Y cualquiera que interfiriera con él terminaba siendo un inconveniente que debía ser eliminado. El hospital me había limpiado la sangre. La comisaría me había tomado declaración. Pero el mundo seguía funcionando bajo las reglas de él. Yo seguí inmóvil, creyendo que eso era algo que mi mente había formulado para no dejar de pensar en él... Pero el techo seguía igual, la cámara seguía grabando, el edificio seguía siendo la ley. Pero algo había cambiado: la comisaría ya no era un lugar seguro. Era una sala de espera. Apoyé la frente contra la pared fría y cerré los ojos. Intenté recordar cómo era estar sola antes de conocerlo. Intenté recuperar la versión de mí que volvía del trabajo y encendía la luz sin pensar en sombras. Pero mi cuerpo no respondía a esos recuerdos. Respondía a él. A la forma en que su voz descendía por mi espalda. A la presión exacta de sus dedos dentro de mí. A la manera en que me obligaba a sentir hasta que mi mente dejaba de resistirse. La seguridad institucional no llenaba ese espacio. Lo único que llenaba ese espacio era su ausencia. Y esa ausencia empezaba a doler. Me dejaron ir pasada la medianoche. El taxi me dejó frente a mi edificio. Las luces del pasillo estaban apagadas, como siempre a esas horas. Subí las escaleras con las piernas pesadas, el cuerpo todavía sensible. Recordando cada toque, cada lamida, cada dedo dentro de mí. Metí la llave en la cerradura, pero el metal se sentía ajeno. Al entrar, mi propio departamento me recibió como un extraño; las paredes que antes me protegían ahora me asfixiaban con su normalidad. La policía me había devuelto mi vida, pero Jax se había llevado el alma que la habitaba. Dejé las llaves en la mesa, pero mis oídos no buscaban el silencio, buscaban el eco de sus botas. Me saqué los zapatos y caminé a mi habitación con la intención de sacarme todo y darme una ducha. A medio camino vi que la ventana del balcón estaba entreabierta. Un escalofrío me recorrió la espalda, una luz de esperanza me invadió por dentro, traté de apagarla con un poco de lógica. En cuanto encendí la luz de mi dormitorio, me di cuenta de que no estaba sola. Allí estaba él. Jax. Sentado en mi sillón. Lo reconocí antes incluso de terminar de mirarlo. Lo reconocí por su fragancia. Por ese torso imposible de olvidar. Por la forma en que el aire parecía moverse distinto cuando estaba cerca. Vi su brazo, la venda estaba manchada de sangre seca y reciente, capas superpuestas como si la herida se negara a cerrarse. Algo dentro de mi pecho se contrajo con una punzada súbita, más intensa, más real que el ardor constante de mis propias muñecas lastimadas. No era dolor físico. Era otra cosa, algo más profundo. No sentí miedo. Sentí alivio. La corrosión había terminado su trabajo: mi hogar ya no era este edificio, era el espacio que ocupaba su sombra. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que la policía no me había rescatado; simplemente me habían cambiado de jaula, y yo deseaba la suya. Cerré la puerta detrás de mí sin darme cuenta. El clic sonó demasiado pesado. —Arrodíllate por tu amo —dijo, su voz baja, ronca, sin rastro de duda. Mis rodillas cedieron antes de que pudiera pensarlo. Caí al suelo de madera, las manos apoyadas frente a mí, el corazón golpeándome las costillas. No entendía por qué mi cuerpo obedecía tan rápido. No entendía por qué no gritaba, por qué no corría, por qué no llamaba a la policía que acababa de dejarme en libertad. Él se puso de pie lentamente. Desabrochó el cinturón. Bajó la cremallera. Liberó su polla. Era enorme, gruesa y venosa, ya dura, la punta brillante de pre semen. Tragué saliva tan fuerte que se escuchó en el silencio de la casa. —Ven aquí, Cata… —murmuró, usando el diminutivo que nadie usaba hace mucho tiempo. Gateé. Cada centímetro que avanzaba sobre el suelo de madera era una renuncia a mi dignidad, a Erick, a la justicia. No era una obligación física, era una gravedad interna que me arrastraba hacia él. Al quedar frente a su entrepierna, el olor a pólvora, sangre y deseo me golpeó como una verdad absoluta. Yo no era una víctima rescatada; era una posesión que había regresado a su dueño. Me agarró del cabello con una mano firme, enredando los dedos en mi nuca. Tiró hacia atrás para que lo mirara a los ojos. —Boca abierta —ordenó. Abrí. Sin más preámbulos, me empujó la cabeza hacia adelante y me metió la polla hasta el fondo. La sentí golpear el fondo de mi garganta de inmediato. Gruesa, caliente, invadiendo todo. Intenté respirar por la nariz, pero él no me dio tiempo. Me folló la boca sin piedad, tirando de mi cabello para controlar el ritmo. Sentir su grosor invadiendo mi respiración me obligó a olvidar que el mundo existía afuera. Cada embestida llegaba hasta la base, mis labios estirados alrededor de su grosor, saliva cayendo por mi barbilla. Gemí alrededor de su carne, un sonido ahogado y patético que solo lo hizo gruñir de placer. —Así, puta —jadeó, su voz rota por el deseo—. Traga mi polla como la zorra que eres. Tómala toda, hasta que te ahogues en mí. Me empujó más profundo. Mi nariz se pegó contra su abdomen. Lágrimas brotaron de mis ojos por el esfuerzo, por la falta de aire, por la humillación que me quemaba y me excitaba al mismo tiempo. Él se quedó ahí, inmóvil un segundo, disfrutando cómo mi garganta se contraía alrededor de él, cómo luchaba por no atragantarme. Luego empezó a follarme de verdad. Entraba y salía con fuerza, sin darme respiro. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus gruñidos bajos y mis gemidos ahogados. Me sujetaba la cabeza con ambas manos ahora, usándome como si fuera un juguete, como si mi boca solo existiera para su placer. Sentí cómo se hinchaba más, cómo su respiración se volvía irregular. —Voy a correrme en tu garganta, Cata —gruñó—. Vas a tragarte todo. Cada gota. Y después vas a suplicarme que te folle el coño hasta que no puedas caminar. Sus caderas se movieron más rápido, más brutal. Mi mandíbula dolía, mis labios estaban hinchados, pero no podía —no quería— apartarme. Y entonces él se tensó. Gruñó mi nombre. Y empezó a correrse. Mientras su calor empezaba a inundar mi garganta, supe que no importaba cuántas veces cerrara la puerta: Jax siempre estaría dentro, porque ahora vivía debajo de mi piel.
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