Jax
Me corrí con un gruñido profundo, enterrado hasta la raíz en su garganta. Sentí cada pulso violento mientras mi semen salía a chorros calientes, directo al fondo de su boca.
Catalina intentó tragar, pero era demasiado: sus mejillas se hincharon un segundo antes de que empezara a toser alrededor de mi polla, el cuerpo temblándole por el esfuerzo y la falta de aire. La sostuve firme por el cabello, sin dejarla retroceder ni un centímetro, obligándola a tragarse todo lo que le daba.
—Traga, puta —le ordené entre dientes, mi voz ronca y satisfecha—. Cada jodida gota. No desperdicies nada que es tuyo ahora.
Ella obedeció lo mejor que pudo, tragando con dificultad, los ojos llorosos y la garganta contrayéndose alrededor de mí hasta que la última gota salió.
Cuando finalmente la solté, saqué mi polla despacio, dejando que resbalara por sus labios hinchados y brillantes de saliva y semen. Un hilo blanco grueso se escapó por la comisura de su boca, bajando por su barbilla.
Lo recogí con el pulgar, lo llevé a sus labios entreabiertos.
—Abre.
Ella abrió la boca sin dudar, la lengua asomando apenas. Metí el dedo en su boca, untando el rastro de mi esencia sobre su lengua como quien firma un contrato de exclusividad.
Quería que saboreara su propia derrota, que el sabor de mi semen fuera lo último que borrara el recuerdo del café barato de la comisaría. Ella me miró con una devoción aterrada, aceptando la marca interna que nadie más podría ver, pero que ella sentiría en cada palabra que pronunciara a partir de ahora.
—Buena chica —murmuré, sacando el dedo con un sonido húmedo—. Ya no te voy a preguntar si quieres que te folle. Ya no tienes opción.
La agarré por los brazos y la levanté del suelo como si no pesara nada, aunque la herida de mi brazo se tensó. Sus piernas temblaban tanto que apenas se sostenían, pero no le di tiempo a recuperarse. La cargué en brazos y la tiré sobre la cama sin ceremonia.
El colchón rebotó bajo su peso. Ella intentó incorporarse, pero ya estaba encima, arrancándole lo que quedaba de ropa con movimientos bruscos. La blusa rasgada cayó al suelo. Le subí la falda hasta la cintura y le arranqué la ropa interior de un tirón.
La puse boca arriba primero, abriéndole las piernas de golpe. Mi polla, todavía dura y brillante de su saliva, la froté contra su entrada empapada. Deslicé la cabeza gruesa por sus labios hinchados, rozando su clítoris, entrando apenas un centímetro y saliendo de nuevo. Ella jadeó, arqueó la espalda, movió las caderas hacia arriba buscando más, buscando que por fin la llenara.
—No —gruñí, sujetándola por las caderas para inmovilizarla—. Te escapaste con la policía. Estuviste tentada a delatarme. Este es tu castigo, Cata. Vas a sentir lo que es desearme hasta que duela, y no te voy a dar lo que quieres hasta que lo supliques como la zorra hambrienta que eres.
La giré con un movimiento brusco, poniéndola sobre manos y rodillas. Le abrí las nalgas con ambas manos, exponiendo su culo apretado y virgen. Escupí en mi palma, lubricándome la polla con saliva y los restos de su humedad. Presioné la punta contra su entrada trasera, sintiendo cómo se contraía instintivamente.
—Relájate o voy a romperte el culo —le advertí, aunque ambos sabíamos que la ruptura era el objetivo.
Empujé con una lentitud sádica, disfrutando de cómo su cuerpo se cerraba en una última e inútil resistencia.
—¡No! ¡Jax, espera…! —su voz se quebró en un gemido cuando empujé más profundo, centímetro a centímetro, hasta que estuve enterrado hasta las bolas en su culo.
Joder, estaba tan apretada que casi me corro de nuevo solo con entrar. Su calor me envolvió como un puño, cada contracción me apretaba la polla hasta el punto del dolor placentero.
Cuando finalmente estuve enterrado hasta la raíz, no solo invadí su carne, invadí su último refugio de privacidad. Sentirla temblar bajo mi peso, con el ritmo de su corazón golpeando contra mi pelvis, fue la confirmación de que la antigua Catalina ya no existía.
Solo quedaba la arcilla que yo estaba moldeando a mi antojo. Ella gritó, un sonido agudo y roto que me hizo sonreír.
Empecé a moverme, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con fuerza, estableciendo un ritmo brutal.
—Grita para mí —le ordené, dándole una palmada fuerte en la nalga derecha. El sonido resonó en la habitación, su piel enrojeciéndose al instante—. Grita mientras te rompo el culo...
Ella gritó de verdad, un gemido largo y desgarrador que se mezcló con sollozos y jadeos. Cada embestida la hacía arquearse, sus manos agarrando las sábanas con fuerza.
Palmeé su otra nalga con un impacto seco que cortó el aire. Esa mancha roja era mi firma; una medalla de carne que ardería durante días, recordándole en cada paso, en cada movimiento, que su dueño no la dejaría marchar nunca más. El dolor era el único idioma que nos quedaba, y ella lo estaba hablando con fluidez entre gemidos.
—¡Jax! ¡Duele…! ¡Ahhh…! —sus gritos se convirtieron en gemidos roncos, el dolor mezclándose con algo más oscuro, más hambriento.
Sonreí, porque mientras ella estaba en un viaje de trabajo, había mandado insonorizar la casa. Ella llegaba tan cansada que nunca notó el cambio.
La follé sin piedad, mis caderas chocando contra su culo con sonidos húmedos y obscenos. Cada vez que entraba hasta el fondo, le daba otra palmada, alternando nalgas, haciendo que su piel ardiera y se enrojeciera bajo mis manos. Sentía cómo su cuerpo se rendía poco a poco, cómo sus gritos se volvían más entrecortados, más necesitados.
—Esto es lo que pasa cuando intentas escapar de mí —gruñí, inclinándome sobre su espalda, mi pecho contra su piel sudorosa—. Tu culo es mío ahora. Tu coño lo será en cuestión de tiempo. Eres mía por completo. Y cada vez que pienses en escapar, vas a recordar cómo te estoy rompiendo el culo hasta que llores de dolor y placer.
Ella sollozaba y gemía al mismo tiempo, empujando hacia atrás contra mí a pesar del dolor, buscando más. Su cuerpo temblaba, al borde de algo que no sabía si era orgasmo o colapso.
Le di una última palmada fuerte, el sonido seco y brutal.
—Dime que eres mía —exigí, enterrándome hasta el fondo y quedándome ahí, girando las caderas para que sintiera cada centímetro.
Ella jadeó, la voz rota.
—Soy… tuya… —susurró entre sollozos y gemidos—. Soy tuya, Jax…
Sonreí contra su nuca, hundiendo los dientes en su piel para dejar una marca permanente. Ella ya no lloraba por miedo, lloraba por la agonía de una entrega que no conocía límites.
Sentí el momento preciso en el que su voluntad se disolvía por completo bajo mi ritmo. No quedaba rastro de la mujer que secuestré.
Solo quedaba mi creación, lista para ser llenada por mi semen y por mi oscuridad.