Oliver —Señor Dios te pedimos que esté bien a tu lado. Lo extrañaremos. —Las gemelas siguieron llorando y yo fruncí el ceño viendo la tumba. Todo había sido mi culpa. —Cariño, ¿qué pasa? —mamá llegó a mi lado y acarició mi nuca. —Él murió por mi —murmuré mirando el suelo. Me sentía mal. —Pero eso no puede ser, bebé —negó —. El pececito murió porque el gato de la vecina entró a casa y se lo comió. Recordé cuando hice algo parecido con el pez dorado de mi hermana pequeña. Había dejado que también muriera. —Yo estaba estresado de verlo ahí nadando —gesticulé con mis manos — y él estaba como diciéndome 'soy feliz y tú no', entonces vi como el gato de la señora Sherman apareció por la ventana y yo— —Oliver no me digas que— —Si, mamá —acepté —. Yo le tiré el pez al gato. Su boca se ab

