Después de una larga jornada en la oficina, intenté ponerme al día con el trabajo atrasado. Decidí invitar a Solieses y a Alfonso a cenar en casa para que pudieran ver y saludar a Peter. Sabía que él no se molestaría por eso. Al llegar a casa, encontré a Missi llorando en la sala, apoyada en los pies de Peter. La mirada de Peter me dio escalofríos. —¿Qué pasa, Peter? ¿Por qué me miras así? —pregunté, preocupada. —¿Por qué humillaste a Missi delante de todos los empleados? —dijo Peter con tono acusador. —No la humillé, solo le recordé su lugar. Ella llegó diciendo que había que obedecerla, y no es así. Ella solo es la secretaria de presidencia —expliqué, tratando de mantener la calma. —¿Y por esa razón la humillas? Ella también es una empleada y debe ser tratada con respeto —replicó Pe

