La lluvia había vuelto a Buenos Aires, pero esta vez no era una tormenta furiosa, sino una cortina de agua constante y monótona que aislaba la Mansión Gordon del resto del mundo. Llevábamos tres días encerrados, trabajando contra reloj en el plan para desmantelar a la red italiana, pero esa noche, el silencio de la casa era diferente. Era la una de la madrugada. Fede, nuestro joven hacker, se había marchado a casa hacía horas. Leo y Alma dormían profundamente en sus habitaciones, custodiados por el silencio de los pasillos alfombrados. Bajé al despacho de Bautista. Llevaba una bata de seda color champán sobre un camisón de encaje que apenas cubría lo esencial. Mis pies descalzos se hundían en la alfombra persa. No iba a hablar de estrategias. No iba a preguntar por códigos encriptados. I

