La luz de la mañana no entró con la violencia de otros días. Se deslizó por las cortinas de lino color crema, bañando la habitación en un tono dorado y perezoso. Sentí el despertar de Bautista antes de abrir los ojos. Su mano, grande y cálida, trazaba círculos lentos en mi espalda desnuda, bajando por la curvatura de mi columna hasta detenerse en mi cadera. No había prisa en su tacto. Solo una posesividad tranquila, la de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Me giré entre las sábanas revueltas para encontrarme con su mirada. Estaba apoyado en un codo, observándome. Su cabello oscuro estaba despeinado, cayendo sobre su frente, y la sombra de barba de un día le daba ese aspecto canalla que tanto me gustaba, contrastando con la suavidad de sus ojos. —Buenos días, señora Go

