El Palacio de Justicia de Buenos Aires es un edificio imponente de columnas griegas y pasillos que huelen a cera y a sentencias antiguas. Normalmente, entrar allí significaba problemas: demandas, querellas, la sombra de la cárcel. Pero esa mañana, el sol atravesaba los vitrales del techo, pintando el suelo de mosaico con colores brillantes. Caminábamos por el pasillo del Juzgado de Familia Nº 4. Éramos una procesión extraña y hermosa. Bautista iba delante, con su traje azul impecable, llevando a Lucas de la mano. El niño, vestido con una camisa blanca y un pantalón de vestir que le hacía parecer un pequeño caballero, caminaba con la espalda recta, imitando inconscientemente el porte de su padre. Yo iba detrás, con Leo agarrado a mi falda y empujando el cochecito donde Alma dormía la sies

