El silencio de las sirenas

1343 Palabras

El invierno había llegado a Buenos Aires con una suavidad inusual, trayendo días de sol pálido y noches frescas que invitaban a quedarse en casa. Nuestra vida se había estabilizado en una rutina que, un año atrás, me habría parecido una utopía inalcanzable. Estaba en mi despacho de la planta baja, revisando las muestras para la renovación del Hotel de Mendoza, cuando Bautista entró. No llamó a la puerta. Entró con paso lento, cerrando tras de sí con un cuidado excesivo. Levanté la vista de los planos. Iba a saludarle con una sonrisa, pero se me heló en los labios al ver su expresión. No era miedo. Era una gravedad profunda, solemne. Sostenía un teléfono satelital en la mano, el que usábamos para las comunicaciones internacionales seguras con los abogados en Europa. —¿Bautista? —me p

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