Paula desapareció en la cocina mientras Zach me traía una camioneta de juguete naranja brillante, parloteaba y hacía los ruidos de motor apropiados, como si estuviéramos en una gran autopista. Me senté en el suelo y rodamos la camioneta de un lado a otro a través de la alfombra del área. Zach se rió y chachareó, obviamente disfrutando inmensamente de esta actividad, y que no quería parar por ninguna razón. No puedo decir que me gustó mucho rodar ese camión de juguete, pero verlo pasar un buen rato definitivamente hizo feliz a mi corazón.
Aceleré el camión en el suelo liso y limpio de la casa de Paula. — ¡Vrroom! ¡Vrroom! — Comenzamos a jugar — ¡Aquí viene! — le dije al pequeñín. Te voy a perseguir y te voy a agarrar. No era tan buena jugando con el pequeño y el camión, ya que él le encantaba que jugáramos siempre en el suelo y después de que paso rato, acurrucada, me duele la espalda al levantarme. Debe ser por la edad.
Esta vez Zach lo agarró y corrió y corrió por la habitación, tan rápido como podía, mirándome por encima del hombro, tratando de hacerme entender que tenía que ir tras de él. Claro, esa fue mi señal para perseguirlo. Lo hacía tan natural que me puse de pie. — ¡Te voy a agarrar! — Le dije con mucha emoción. Lo atrapé justo antes de que se sumergiera detrás de la silla beige, silla que Paula quería tanto.
Por su parte Paula regresó a la habitación cuando lo levanté por encima de mi cabeza y soplé en su suave barriga, acariciándolo un poco tras ese juego divertido con el camión. Paula venía caminando como si se tratara de una cámara lenta.
Me hundí en el sofá beige con Zach en mi regazo, bien apretado, y Paula dejó su bandeja en la mesa de café. Con una mirada que daba miedo. Esa bandeja contenía, entre otras cosas, un enorme plato de galletas dulces sobrantes del inventario de ayer en la tienda y una Coca-Cola. Debo estar luciendo tan estresada como me sentía. Por lo general, Paula me reprendía y me armaba aquellos escándalos por desayunar Coca-Cola y chocolate, desde temprano. Ahora me lo estaba ofreciendo. ¡Qué cosas de la vida! ¿No?
La bandeja también contenía su taza de café (que no era tan grande), un plato de galletas sin chocolate y un vasito rojo, el último un hermoso regalo mío. Zach quiere beber lo que sea que esté bebiendo su tía Lisa. Como eso generalmente significa una lata roja, con un gran nombre en letras blancas, su tía Lisa le encontró una taza roja. Está feliz y estoy orgullosa de que el chico quiera imitarme.
Zach es un hermoso niño, les cuento que es un niño aparte de saludable, tiene un buen humor, le encanta su leche por las noches y llora como todo niño de su edad cuando no quiere ir a dormir temprano. Bueno su mamá Paula, hacía malabares para que el pequeño tuviera esa costumbre de querer dormirse antes de las 9:00pm. Pero casi siempre lloraba porque quería seguir jugando o quizá viendo tele hasta tarde. Su comiquita preferida es Masha y el Oso, ¿Saben? Esa niña que es tan traviesa pero que tiene un gran corazón porque adora a Oso. Y el pequeñín de Zach le encanta esa comiquita, se ríe a carcajadas cuando la niña Masha hace sus travesuras.
¡Bueno!, cogí la Coca-Cola, abrí la tapa y tomé un trago largo y satisfactorio, dejando que esas pequeñas burbujas bailaran sobre mi lengua y mi garganta, haciendo que mi boca se sintiera limpia y despierta. Se sentía tan refrescante, que a veces podría tomarme hasta dos vasos seguidos. Siempre he dicho que esa bebida debe tener un ingrediente muy adictivo, ya que se me hace imposible dejar de tomarla. Mi mamá no para de regañarme y mi papá dice que no debo dormir bien, ya que con tanta bebida negra mi cuerpo permanecerá eléctrico hasta por la noche. Cosas de señores ya mayores en edad.
Por su parte, el pequeñín Zach tomó un largo trago de leche bien fría de su vasito rojo y luego tomó con mucha emoción las galletas de chocolate, bien redonditas, hechas por su tía Lisa. Aunque creo que Paula había hecho algo con las galletas porque tenían un aspecto diferente a las que realmente hago a diario.
— Estas son tus galletas—, dijo Paula, entregándole a Zach una de las que no son de chocolate. — Hice unos muffins de salvado y horneé parte de la receta en forma de galletas—, me explicó.
Zach miró las galletas de chocolate y luego volvió a mirar las suyas, las que tenía en sus pequeñas manos. ¡Vaya! El chico no era tonto. Él tenía la leve sospechaba que algo no andaba bien con sus galletas.
— ¡Guau! — Me entusiasmé y lo miré con asombro. — ¡Mira todas las chispas de chocolate en tus galletas! — Señalé las pasas que contenían las galletas del pequeño.
Él sonrió, ahora si se veía convencido y comenzó a masticarlas, los mordiscos eran tan grandes que por momentos pensaba que se podría ahogar, un gran tamaño comía de galleta. Podía verlo en unos pocos años, ya todo un hombrecito en el cine, trayendo a su cita (Una linda chica) un paquete de pasas y diciéndole a su pareja que eran chispas de chocolate cubiertas de chocolate.
Sintiéndome un poco culpable por lo que le había dicho, sobre las galletas, seleccioné una golosina de chocolate. No es tan culpable que no me la comería, por supuesto. Necesitaba sustento para afrontar la mañana y con Rick en mi cama ¡Vaya sorpresa!, era algo que me retumbaba todavía en mi cabeza.
— Pidió una pizza de Pepperoni—, le dije a Paula, contándole lo sucedido, como si tuviera que justificar ese auto en mi camino de entrada. — Doble Pepperoni—. Repliqué.
Paula solo asintió, volteando la cabeza de un lado a otro, y tomó un sorbo largo de café. Sin juzgarme por supuesto. Ella ante todo era mi mejor amiga. No se iba a poner de lado de mi casi ex marido en un momento como este.
Bebí más Coca-Cola y me metí más galleta en la boca. Ya me sentía mucho mejor, con mucho más ánimo. La casa de Paula siempre estuvo impecablemente limpia y su paranoia por mantener la puerta cerrada y las ventanas cerradas, como escondiéndose de alguien, la hacía sentir aislada del resto del mundo. A veces eso no era un mal presentimiento. Hoy fue uno de esos momentos.
— Aprecio Paula que no digas nada tonto como, “¿esto significa que volverán a estar juntos?” — Dije en voz baja, mirando por el agujero de mi lata de Coca-Cola como si esperara encontrar algún tipo de respuesta allí. Algunas personas buscan respuestas en una botella. Así que busco la mía en una lata.
—No. — La voz de Paula era inesperadamente firme e intensa. — Yo nunca diría eso Lisa. Lo que podría decirte es que él no va a cambiar. Y te volvería a herir y hacer sufrir si lo llevaras de vuelta—. Me recordó lo que constantemente me digo a solas. Como un hombre que ha engañado una vez no pueda hacerlo dos y hasta tres veces, o las veces que le dé la real gana. Rick era ese tipo de hombre, aunque una no termina de conocer a alguien siempre dan señales para que las entendamos. Pero nos ponemos tan ciegas que ni para los lados vemos. Hasta ni escuchamos los consejos de nuestras amigas.
Definitivamente Paula se sentía un poco abrumada, al tener que lidiar con un esposo o amante (no sé qué cosa fue en su vida) abusivo en su pasado, alguien a quien temía que la encontrara y la lastimara nuevamente, o que le dejara una cicatriz en el otro lado de la cara. Me pregunté cuántas cicatrices tenía en el resto de su cuerpo, que yo no supiera, cuántos escondía con sus camisas de manga larga, pantalones y faldas hasta los tobillos. ¡Ojo! Que casi nuca se quitaba ese estilo.
La miré, tratando de ver detrás de esa máscara que nunca dejó caer en su rostro, pero no pude, me sentí frustrada. Su columna estaba recta, su barbilla se inclinó hacia arriba como desafiante. Tratando de seguir hacía adelante, como acostumbraba a hacer.
Paula desde que la conozco he visto que es una mujer que por más que se cayera se levantaba con más fuerza que antes. Ella no permitía que nadie la derrumbara tan fácil, bueno era lo que yo había creído por mucho tiempo.
— Sé que Rick nunca cambiará—, le respondí a Paula con firmeza. —Por eso no me hago a otra idea, ya que lo del divorcio se va a dar— terminé diciendo a Paula.
— ¿Aún lo amas? — ella me preguntó.
De repente sentí por un momento que esa fue una difícil pregunta. Yo misma me había hecho esa pregunta muchas veces durante las últimas seis semanas. Al principio había estado en estado de shock total, tratando de averiguar qué había hecho mal Rick. Habíamos tenido muchos buenos momentos en los primeros años, luego nos alejamos un poco a medida que estábamos ocupados ganando dinero y saliendo adelante con los negocios. Que de un momento a otro todo se fue desvaneciendo todo el amor. Aunque en realidad, pudiera decir que los dos dejamos que eso pasara así, de esa manera. Dejamos de salir a cenar juntos, de regalarnos cosas (aunque a veces llega con algún detalle, él no es así. Ahorita lo hace por lo del divorcio) de ir a discotecas y reuniones familiares.
Aunque él no tan ocupado como para no haber podido encontrar tiempo para su Scruffy Buffy, por supuesto. Porque la encontró tan rápido que ni cuenta se dio qué, ya estaba con otra. La verdad no sé dónde la conoció no todos los detalles, lo cierto es que lo hizo, y estuvo mal engañarme así. ¿Será verdad eso que dicen que los noviazgos y matrimonios todo es bello y color de rosa los primero años de relación? Al parecer eso nos pasó a nosotros.
Apreté los dientes y forcé una sonrisa. Paula no es la única que puede hacer máscaras en su cara. — No lo amo como amo el delicioso chocolate y la espumante Coca-Cola—. Le respondí a Paula imaginando esa combinación.
Los tres nos reímos. Digo los tres porque el pequeñín Zach también lo estaba haciendo. Estoy segura de que Zach no sabía de qué se reía, pero su mamá y su tía Lisa se reían y eso lo hacía muy feliz. Se le notaba en su hermosa cara.
De repente, un golpe en la puerta principal detuvo la risa de un solo soplo. Los tres nos miramos al instante. Ni siquiera parpadeamos por segundos.
Los ojos de Paula se agrandaron y la sangre se le escapó de la cara. Terror total en nuestros rostros. Ella solía hacer eso con regularidad en el trabajo, se asustaba cada vez que alguien entraba en nuestra tienda. Afortunadamente para nuestro margen de beneficio, mucha gente viene todos los días, y finalmente se acostumbró, pero los visitantes en casa aparentemente todavía daban algo de miedo para Paula.
Este caso era distinto, por supuesto, normalmente no tenía visitas en casa, excepto el cartero y yo, o tal vez Freddy que la visitaba de vez en cuando.
Estaba sentada en el sofá y el correo no llegó ese domingo. Algo le había pasado al cartero que no apareció por ningún lado. Normalmente paso bien temprano a dejar el periódico o las dichosas cartas de deudas de los servicios.
De repente Paula dejó su taza sobre la gran mesa, estaba tan angustiada que hasta su cara cambió y su mano temblaba tanto que el café se derramó sobre sus dedos. Una cosa impresionante. Por un momento no entendí el por qué le sucedía eso.
— Veré que pasa. — le dije a Paula y salté, le entregué al pequeñín de Zach y estaba en la puerta antes de que pudiera protestar Paula por algo, que no tuviera sentido.
No es que crea que ella era capaz de hablar en ese momento. Pero por si acaso, me adelanté.