Senté a mis hijos delante de mí, sus caritas confundidas me provocaban ganas de llorar, de no decirles nada, para que fuera yo quien sufriera por ellos, pero, estaba consciente de que también merecían saber la verdad, no podía ocultarlo para siempre. Empecé simple, diciendo que los quería, que siempre quería lo mejor para todos, pero que, en esta ocasión, decidía solo por mí, veía sus ojitos mirarme sin perder detalle, guardando la calma, esperando para escuchar y tratando de entender todo lo que decía con mucho cuidado de no lastimarlos demás. Mi madre se sentó del otro lado de la mesa, esperando a que todo fluyera, agradecí su presencia, pues era como un salvavidas para mí en ese momento, sí alguien me hubiera dicho que mi madre iba a ser tan diferente, como lo era el día de hoy, no

