En una sola semana fui a cuatro ciudades distintas. Todo parecía bien según lo que Adrian tenía para decir y lo que los encargados de los viñedos comentaban sobre las cosechas y los empaques en dirección a la fábrica iban a la perfección.
Estaba alistándome para salir cuando Adrian tocó la puerta de mi habitación, hoy era una de aquella mañanas... claramente, los vómitos desaparecieron pero en cuanto intenté ponerme el pantalón para mi última visita decidió no entrarme.
¿Qué estoy pagando señor?
Abrí y me acosé sobre la cama.
—Cierra el botón —Ordené.
El chico me miró confundido y yo insistí.
Adrian se acomodó e intentó cerrar el botón.
—Jane, te ha salido barriga.
—Tengo ojos y quiero que hagas lo que digo.
El chico intentó cerrarlo a como pudo, pero simplemente no cerró, me levanté y brinqué por toda la habitación desesperada, no me podía estar pasando eso hoy, ayer me entraba todavía, dudo que hayan crecido tanto durante la noche y estos son una talla más de la que uso comúnmente los compré hace dos semanas
¡Tienen que entrar!
Adrian se posó enfrente de mí y me tomó de los hombro, para acompañarme hasta la cama y me pasó un vestido.
—No dejaré que las mates, ponte esto —Tomé el vestido naranja y me dieron ganas de vomitar después de ponérmelo, corrí al baño y bauticé mi mañana como pésima, todo lo que había comido lo saqué del estómago y completé mi maquillaje. —Ahora, escuché tus arcadas lo cual es... asqueroso y conduciré.
—¡Bien! Sé hombre.
Al parecer dos cosas estaban saliendo bien, el negocio que no había decaído en el área de fabricación y mi embarazo, eran dos pequeñas buenas, que con suerte se parecerían a mí y no al obstinado hombre que les había engendrado.
¡y yo le sigo extrañando!
Había pensado en tantas cosas, cada vez que estaba sola o en un lugar que le pertenecía podía sentir todo lo que habíamos vivido, volver a la casa cada noche era mi peor pesadilla, los recuerdos con Adam eran dulces y amargos pero no podía dudar de que con él fui una mujer completamente amada y el recuerdo de su amor abultaba mi barriga cada semana; quería los chistes agobiantes de mi esposo, sus consejos, opiniones, regaños y mimos; quería tomar en cuenta sus opciones: Amelia y Aria (porque se parece a Adriana) quizá acaben llamándose Cecilia y Hermelinda, pero al menos intenté hacerlo parte de la vida de mis niñas, ¿Les gustará el segundo nombre o querría que por ser gemelas tuviesen letras distintas?
Las hormonas parecía estar a punto de acabar conmigo y esa era la razón principal por la cual le quería a mi lado, no me imaginaba el parto sin él.
Las emociones me estaban matando, no sabía si llorar o gritar y lo más que podía hacer era sonreír porque aunque le dijese mil veces a los niños que tenían derecho yo no creía poder tener aquella opción porque el tiempo que tenía para llorar lo ocupaba trabajando, visitando los colegios, hacía negociaciones y apenas visitaba mi restaurante pero sabía que había un excelente chef en jefe.
La lista de personas y temas rezagados era larga y en ella seguía mi madre, de quién había escuchado poco, mi padre estaba construyendo en la propiedad que en algún momento pensé se haría mi nuevo restaurante los periódicos decían que simplemente la propiedad era bella pero lo que él estaba produciendo ahí dentro era fascinante por completo, me daban ganas de ir pero había dejado claro no amarme aún y por último y sin ser menos importante realmente no estaba interesada en hablar con una mujer que abandonaba a su hija y esposo por el hijo y el esposo de alguien más, mi hermana, o mejor dicho, la hermana de Adam; estaba cada día más loca y la tristeza que me causaba era uno de mis problemas más grandes, porque me hacía sentir responsable de su locura.
Todo en éste momento era un problema incluso estar embarazada lo era porque jamás en mi vida trabajé tanto y sentía que a pesar de que mi cuerpo era el que lo experimentaba no lo estaba viviendo.
Tardamos cuatro horas en llegar a Mainvillage, y no quería estar ahí o ningún lugar, a veces quería tomar a los niños y llevarles lejos, llevábamos un año conociéndonos y simplemente eran lo único que tenía pero por alguna razón necesitábamos huir.
Más lejos de dónde estaba Luthor.
Cuando llegué a casa me encontré con Patrick y Drake muy asustados, nos miraban completamente descolocados.
Me acerqué a ellos y avisé que necesitaba ir al baño, oriné mi nueva extensa necesidad y fui a la sala, ya Adrian estaba con ellos y se veía igual de preocupado, el nuevo estado de los habitantes de la enorme casa Luthor; la precaución.
—Jane, nos han quitado el negocio.
—¿Quién? —Preguntó Adrian sumamente sorprendido.
—Edgar nos engañó y nos ha dejado sin nada —Dijo Patrick a su hermano. —Solo la casa que está a tu nombre y el mío.
Era la primera vez desde que Luthor se fue que me sentí perdida, vacía y desahuciada, si creía que mi marido tenía paquetes me equivoqué el problema era que no tenía pelotas y a lo largo de los meses había estado sacando las mías y a pesar de ello me sentía en medio de todo yo sola, siendo nada.
No disfrutaba de un lindo matrimonio, no sin un marido.
No disfrutaba de mi embarazo porque no tenía tiempo.
No me sentía feliz, tranquila o amada.
No disfrutaba de una linda casa porque era la de alguien más y sí; hablando de casas el recibidor de ésta localidad no me había dado jamás una auténtica bienvenida, simplemente era la esposa número cinco, era la esposa abandonada por Adam Luthor porque esta vez no me dio cáncer a mí, porque no infarté o me volví loca y salí de casa como la más perra de la historia.
Por aquella razón era yo la esposa número cinco, viviendo el temerario capítulo seis de la vida de Adam Luthor cuyo título era reversión o revertido en el cual yo sufría todos los tipos de abandonos.
Yo, Jane White era la mujer fiestera, codiciada, y muy borracha que tenía cierta fascinación por los tacones y el sexo, me encantaban todos los tipos de hombres y tenía dos maestrías en engaño, incluso, había escrito dos diarios completos de como engañar, el primero titulado: ¿Cómo convencer a todos de que no sales con alguien prohibido? Y el segundo pero no el último: mujer que engaña atrapa presa, consistía en todos los tips para bajarle el novio a otro.
La soltera Jane White era la típica mujer del siglo XI, si hubiese conocido a > probablemente hubiese sido la quinta chica de su libro "Sexo en la cuidad", Jane, tuvo todas las oportunidades y excusas para dejar a Adam primero, pero cada que la idea cursaba su cabeza acababa en un hospital con un nuevo secreto al aire, ¿coincidencia o destino?, de igual manera; ahora solo podía pensar que era la primera porque jamás había sido torpe y ella no había planeado chocar con ese hombre o siquiera ir a aquella gala, las odiaba y estaba ahí parada para chocar con él y unos meses más tarde casarse.
Jane Luthor: la esposa número cinco, la esposa abandonada y nunca recibida.