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Un monstruo en casa

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Celeste Delacroix

A sus diez años, Celeste Delacroix vio cómo el mundo a su alrededor se quebraba sin remedio. Su hogar, antaño lleno de risas y cariño, se convirtió en un lugar oscuro cuando su madre, el alma de la familia, enfermó y murió en un periodo desgarrador. Con la partida de su madre, el padre que tanto admiraba se transformó en un hombre duro y manipulador, encerrado en secretos que parecían envenenar las paredes del hogar Delacroix. Celeste, junto a sus cuatro hermanas, fue testigo de cómo el amor y la calidez que un día envolvieron a la familia se convirtieron en una rutina de miedo y vigilancia.

Desde su ventana, año tras año, vio marcharse a cada una de sus hermanas, quienes abandonaban el hogar en silencio y con la misma escena repetida ante sus ojos: su padre llevándolas lejos, cada vez con una despedida breve y sin retorno. Sin respuestas ni el abrazo de sus hermanas, Celeste se quedó sola bajo el yugo de un padre que era ahora un completo extraño, a la espera de entender el motivo que obligó a todas a marcharse.

Pero Celeste, con una voluntad indomable, no está dispuesta a aceptar un destino impuesto. A los 25 años, ya casada con un hombre elegido por su padre, ella lucha contra la vida que le fue dictada, resistiéndose a vivir una mentira y buscando la verdad sobre su propia historia. En una travesía por las memorias de su familia y su propio pasado, Celeste descubrirá que la vida no es un cuento de hadas y que el amor, el dolor y la libertad tienen un precio que está dispuesta a pagar para recuperar el control de su vida.

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La protagonista, ahora una mujer de 25 años, los invita a descubrir su pasado mientras disfruta de la serenidad de la playa. Describe su vida actual y reflexiona sobre las cicatrices emocionales que la han moldeado. Bajo el sol y la brisa del mar, recuerda con nostalgia la felicidad de su infancia junto a sus padres y sus cinco hermanas, cuando la vida parecía perfecta y el hogar era su refugio seguro. Nos introduce al “gran cambio”, dejándonos intrigados por la misteriosa transformación en su vida familiar. Con una suave transición, regresa a ese momento crucial de hace quince años, cuando comenzó a desmoronarse el mundo que conocía. Me llamo Celeste Delacroix una joven de 25 años y bajo este radiante sol te contare que no todos los cuentos son de color rosa y no todos los hogares terminan siendo perfectos. 15 años atrás... Esa tarde que parecía como cualquier otra en nuestra infancia, llena de alegría, seguridad y amor. La calidez del hogar y el papel central de nuestra madre, una mujer jovial que iluminaba la casa. Aquel día en la clase de baile junto a mis hermanas, danzábamos de felicidad, era tan perfecta la escena, Evangelina, Isadora, Vivienne y Serafina, todas mis hermanas mayores. —Vamos Celeste, tú puedes— eran las palabras de mi hermana mayor, Evangelina, quien me animaba a danzar al ritmo de ellas, pero por ser la menor tenía una vergüenza que consumía mi interior. —Prefiero verlas danzar, sabes que aun no me siento preparada— eran mis palabras cada vez. Pero ellas no dejarían que una Delacroix no supiese danzar, nuestra familia era tan importante como las otras, y asistir a una gran fiesta era el sueño de todas, si sabes danzar, podrás conseguir al chico indicado, eran las palabras de Isadora, ella soñaba con casarse de blanco y vivir un cuento de hadas al lado de su príncipe azul. —Nada de eso, eres nuestra hermana menor y te enseñaremos— Serafina hizo un gesto y la música empezó a sonar. Estábamos en un gran salón con grandes pinturas, eran perfectas como el día y la noche, todo parecía único hasta que, con su energía característica, nuestra madre nos llevaba una merienda, pero todo se volvió gris en un giro inesperado, la bandeja cae y mi madre se desploma. Este evento marcó el primer indicio de que algo estaba mal. La confusión y el miedo llena el salón mientras observamos a nuestro padre cargar a nuestra madre y luego llamar al médico. Corrimos a su socorro, queríamos estar con ella, pero nuestro padre nos prohibió la entrada a la habitación. —Calma chicas, no es nada, todo estará bien— eran las palabras de Evangeline, ella se estaba haciendo cargo de nuestro miedos y confusión. —¿Mamá está enferma? — fueron mis palabras, solo tenía diez años y pude ver el miedo en los ojos de papá al recogerla del piso. —No pasa nada chicas, mejor vayamos a recoger el desastre que quedó en el salón, el médico revisará a mamá— mis ojos asintieron y seguí cada orden de mis hermanas. Era la primera vez que dejábamos un área de la casa tan limpio en corto tiempo, pero las ganas y el deseo de saber lo que estaba sucediendo, nos motivaba a terminar más rápido. —No puedo seguir esperando, es mejor que subamos a ver que dice el médico— Vivienne tenía tanto miedo como yo, sus palabras fueron escuchadas y con una mirada Evangeline nos permitió subir. Una vez arriba esperamos ansiosas fuera de la habitación, aferrándonos al optimismo, hasta que el médico sale con una expresión sombría, y la verdad de la enfermedad terminal de nuestra madre fue revelada. El pasillo era grande y ver cómo el médico salía de la habitación con su vista en el piso, fue suficiente para mí, podía entender lo que todo significaba, ella no estaba bien, pero, aunque el dolor era grande en mi corazón, no fui capaz de llorar, no delante de ella. —Pasen— fueron las únicas palabras de papá, la pequeña luz de la mesa de noche nos permitió ver el rostro pálido de nuestra madre, ¿Cómo podría pasar algo tan rápido? En la mañana estuvimos desayunando en familia y ella estaba bien. No pude reprimir el dolor, es así como me llene de valor y me acerque a papá —¿Mamá va a morir? — fueron las palabras de una niña asustada, una niña que podía ver a simple vista que nada estaba bien, pero papá no tuvo el valor de responderme, el solo me abofeteó con fuerza, haciendo que mi cuerpo cayera lejos, mis hermanas corrieron a recogerme, pero la voz gruesa de papá las detuvo. —No la toquen, ella debe aprender a expresarse, no tienen permiso de hablar, vayan a dormir— Papá fue cruel y mis ojos llenos de ira y fuego, lo miraron desde el piso con odio, solo eran las cinco de la tarde y nos estaba enviando a dormir, mis hermanas salieron de la habitación con sus rostros caídos. Justo cuando levante mi pequeño cuerpo para ir hasta mi habitación, él me detuvo con una sola frase —Cuida tus palabras Celeste, a los hombres no le gustan las mujeres que hablan de más— Lo miré con desagrado, sólo tenía diez años y él me estaba hablando de hombres, cuando yo solo quería jugar con mis muñecas, le di la espalda y me fui hasta mi habitación, la que siempre he compartido con Serafina. Ella ya estaba cubierta por la manta, me senté a su lado y descubrí su rostro, ella estaba llorando, sus ojitos en poco tiempo estaban hinchados. —Todo estará bien, mamá se recuperará— le dije, pero ella solo empezó a llorar aún más, en ese momento no podía entender lo que realmente estaba sucediendo, era la menor y ellas me ocultaran muchos acontecimientos para que no sufriera. Ese día fue el comienzo de todo.

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