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1008 Palabras
Con el diagnóstico de mi madre, la dinámica familiar cambió drásticamente. Mis hermanas mayores comienzan a asumir responsabilidades que jamás imaginaron, aprendiendo tareas domésticas más grandes y turnándose para cuidar de nuestra madre enferma. Solo podía sentarme a su lado y colocar paños sobre su cabeza, las fiebres eran altas y ella poco estaba consciente, ninguna sabía lo que era ser enfermera, pero ahí estábamos todas cuidando del cuerpo de mamá mientras papá estaba más ausente. —La fiebre cada vez es más alta— dije mientras observo su rostro rojo. —Espero pueda bajarle pronto— dijo Evangeline, sus palabras sonaban a petición. —Celeste— me llamó mi hermana con su voz suave, Evangeline estaba tomando el papel de mamá —Ve a dormir, yo me haré cargo de ella— fueron sus palabras. Yo solo quería la verdad de todo, quería saber si era solo un resfriado o mamá tenía algo más —Soy una señorita, me he desarrollado hace poco, merezco saber lo que sucede— mis ojos eran incapaz de llorar, necesitaba saber si todo era una pesadilla. Pero ver como Evangeline me miraba era suficiente para mí —Ya no quiero saber— le dije antes de salir de la habitación, podía leer el lenguaje corporal. Esa noche guarde silencio, el silencio que papá nos exigió, esa noche le rece a Dios por la salud de mi madre, aferrada a que todo volviera a ser como antes, no solo en mis sueños, lo quería de vuelta en la vida real. La vida estaba pasando frente a mis ojos, era como ver todo a una velocidad que me dejaba a la expectativa. Los meses siguieron pasando y mamá estaba ahí dormida sobre su cama, antes era una casa alegre, antes podíamos conversar como hermanas, ahora ninguna es capaz de decir una palabra, a papá no le gustaba escuchar nuestras voces alegres. Ese día, después de tanto tiempo, papá nos reunió a todas en la sala. —Subirán una a una y se despedirán de mamá— dijo papá con su voz ronca, aun sigo sin entender qué es lo que sucede con mamá. —¿Ella estará bien? — era la única que tenía el valor de mirar a papá a los ojos y preguntar sobre mamá. Él me miró con despreció, y se porque lo hace, todos lo dicen, soy tan parecida a mamá. —Ella descansara y tú, tú estás acabando con mi paciencia Celeste, creo que necesitas un castigo— mi padre se levantó y antes que llegara a mí, Avangeline lo detuvo, ojalá nunca hubiese hecho esa pregunta. Papá se la llevó del brazo y la encerró en una habitación, cuando volvió nos mira a las cuatro que quedamos ahí nerviosas. —¿Se despedirán? — pregunto y solo pudimos asentir. Una a una fueron subiendo hasta la habitación de mamá, ella estaba despierta, después de mucho tiempo, el médico estaba ahí acompañándola, pude ver una a una de mis hermanas entrar y salir destruidas, ahora era mi turno, respire hondo y decidí entrar. Mamá al verme no pudo evitar llorar, era su retoño más pequeño y ahora ella se estaba despidiendo de nosotras, su dolor se veía en aquellos hermosos ojos grises. —Celeste, escucha lo que mamá te va a decir— ella me estaba mirando, y quería decirme algo, sentí la presencia de ese hombre encima de mí, no dude en voltear. —Mamá se esta despidiendo de mí, solo quiero un poco de privacidad— se lo dije y fue como arte de magia, el médico se movió a un lado dándonos privacidad —Dime mamá— Mi madre miró al hombre y pude ver como ella tragó grueso —La cabecera, la cabecera hija, ahí está— fue lo último que dijo. El miedo a perderla se mezcla con la esperanza de un milagro. Sin embargo, seis meses después, el inevitable desenlace llega, y Celeste comparte sus sentimientos de pérdida y vacío. La muerte de su madre afecta profundamente a todos en casa. —A muerto— fue lo que ella escuchó del médico. Había cuidado muy bien de mamá, había hecho de todo, pero ella solo murió, la vida sigue pasando frente a mis ojos, me quede congelada al lado de la cama de mi madre, no sabía que había hecho mal, mi padre entró y pronto el caos llegó. Mis hermanas suelo podían gritar y llorar, mientras que yo, Celeste me recosté a la pared para ver la trágica escena, papá era bueno con mamá un cuando ella ya estaba muerta. —Vayan a vestirse, debemos enterar a mamá, vestidos negros— era una orden. Todas nos miramos, el cuerpo de mamá aún estaba caliente y el solo pensaba en enterar sin haberla velado, pero ahora ninguna era capaz de decir una palabra, dos horas pasaron y ya estábamos en la iglesia velando a mamá, las personas pasaban a darnos las condolencias, todo era doloroso, pero me estaba doliendo más el ver como Evangeline me observa molesta, fue la única que no se despidió de mamá, y todo porque me defendió, trate de acercarme a ella, pero solo me esquivo. Todo fue rápido, las cinco estábamos frente al hueco en donde enterraron a mamá, basto que todo terminara y no quedó nadie cerca, solo nosotras cuatro y mi padre. Mi padre quien, incapaz de lidiar con el dolor, recurre al alcohol. Poco a poco, él cambia, y empiezo a notar una oscuridad creciente en él, aunque aún no comprendo todo, pronto la vida me enseñara que nadie está por nadie. La casa ya no era la misma sin ella, no teníamos que ser adivinos para darnos cuenta que el pilar de la casa era mamá, sin ella todo se volvió gris, y ese día la despedimos con dolor, de ahora en adelante seríamos las huérfanas Delacroix. A través de mi ventana divisé las estrellas y aquella que estaba brillando con fuerza tenía que ser mamá, entonces decidí despedirme de ella. Adiós, Mamá.
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