No puedo creer dónde estoy. Todo parece un sueño, o tal vez una pesadilla disfrazada de lujo. El viaje en auto fue tranquilo, y aunque mi espalda no la apoye en el asiento por la incomodidad que sentía, mis ojos estaban fijos en el horizonte. Observaba cómo la gran ciudad daba paso a zonas más tranquilas y elegantes, hasta que el auto entró en una propiedad inmensa, bordeada de jardines verdes y cuidados. La casa, al fondo del camino, era imponente: una mansión blanca de tres pisos, con columnas clásicas que le daban un aire majestuoso. Sentí que estaba entrando a otro mundo, tan diferente del que había dejado atrás. Al salir del auto, el conductor me abrió la puerta. —Bienvenida señorita Celeste— le agradecí con un asentimiento apenas perceptible. mi mirada se mantuvo clavada en la gran

