Celeste dejó que Marcus la guiara en la danza. A pesar de la incomodidad inicial, poco a poco comenzó a relajarse. Él era un excelente bailarín, moviéndose con una gracia que solo podía provenir de años de práctica. Pero lo que más la desconcertaba no era su habilidad, sino la forma en que la miraba: como si ella fuese la única persona en el mundo. —Te ves hermosa esta noche, Celeste —le dijo en un susurro, sin apartar la mirada de sus ojos. Celeste sintió un calor recorrerla. No estaba acostumbrada a recibir cumplidos sinceros, mucho menos a ser el centro de atención de alguien como Marcus. Él siempre encontraba la manera de iluminar el ambiente, de hacerla sentir especial, aunque ella no supiera cómo reaccionar. —No digas mentiras, solo uso un vestido sencillo— ella tratando de oculta

