Entre el hielo y el fuego Luego de pasar una noche pensando en Marcus, el amanecer era prometedor, Celeste cerró la ducha, dejando que las gotas resbalaran por su piel una última vez antes de alcanzar la toalla. El vaivén de sus pensamientos la seguía incluso en la calidez del baño. El rostro de Marcus volvía a invadir su mente como una sombra persistente, mientras el agua borraba los rastros de la noche anterior. Había soñado con él, con su risa y sus ojos penetrantes. En ese sueño, todo era distinto. No existían su esposo, las barreras, ni las miradas inquisitivas de Elva. Solo estaban ellos, libres y felices. La realidad, sin embargo, era mucho más complicada. Se vistió con ropa cómoda y comenzó a empacar. Cada prenda que colocaba en la maleta le recordaba las palabras de Elva, ella

