Un recordatorio imborrable Celeste observaba su reflejo en el espejo mientras acariciaba suavemente la piel rosa de su espalda. Las marcas, aunque menos visibles gracias a la crema de Elva, seguían allí como un testimonio de su pasado y de la brutalidad de su padre. Su dolor no solo era físico, sino también emocional. Cada línea que recorría su piel era un recordatorio de su vulnerabilidad y la rabia que sentía por no haberse defendido. En ese momento, Elva entró con una bandeja de té caliente y su energía habitual. —Buenos días, Celeste. ¿Cómo te sientes hoy? —preguntó con una sonrisa cálida, dejando la bandeja en la mesita junto a la cama. —Mejor físicamente, gracias a ti. Pero la herida más profunda no está en mi piel —respondió Celeste, con la mirada perdida. Elva suspir

