La primera semana fue un infierno, pero no lo suficiente para renunciar al reto que ambos se habían propuesto.
El primer día, Nayla se dispuso a buscar trabajo. Para eso, se levantó muy temprano con la intención darse una ducha y poder despertar al cien.
Se quedó petrificada cuando entró, pues Hank se encontraba inclinado sobre el lavabo cepillándose los dientes, pero eso no fue lo que la hizo sonrojar, sino más bien el hecho de que se encontraba con el torso desnudo y con únicamente una toalla enroscada en su cintura cubriendo su parte inferior.
—¿No sabes tocar? —preguntó girándose hacia ella con la boca llena de espuma por el dentífrico.
Pero él no era tonto, comprendió a la perfección la expresión de la chica y, sonrió ladinamente.
—¿Te has quedado muda? ―inquirió tras escupir en el lavabo.
―¡Descarado! ―fue lo que ella gritó para salir corriendo a su habitación de regreso.
Y realmente no supo qué otra cosa gritarle, al entrar a su habitación se regañó internamente por pensar que ese chico era muy sexy.
No podía permitir que su atractivo la deslumbrara porque iba a perjudicarla en esa pelea.
No salió de su habitación hasta que escuchó la puerta principal cerrarse.
Fue imposible no recordarlo ahí parado con solamente una toalla tocando su cuerpo.
Lo peor de esa mañana, fue que el muy engreído se terminó el agua caliente y Nayla tuvo que soportar el agua fría.
Había pagado cuatro meses adelantados, pero quería ser precavida e ir ahorrando un poco para no verse presionada a la mera hora.
No tuvo mucha suerte el primer día.
De regreso a casa, su padre la llamó.
—¡Pompón! —saludó con entusiasmo al otro lado de la línea.
—Hola, papá.
—¿Cómo va todo?, ¿te llamó Elizabeth? —preguntó relajado, pues eso lo diferenciaba de su ex mujer, era más comprensivo.
—Sí, papá. Ya la tranquilicé.
—Menos mal. Estaba muy alterada anoche.
—Lo sé. La escuché.
—En fin. ¿Cuándo podré ir a conocer tu apartamento?
—En cuanto me haya instalado bien, papá.
—Eso espero. ¿Vendrás un día de estos a casa? Tischa quiere verte.
Tischa, era su media hermana menor con tan solamente seis años.
—En cuanto encuentre un trabajo, papá. Yo también quiero verla.
—De acuerdo. Pompón, si necesitas algo, cualquier cosa…
—Te llamaré —le interrumpió completando la frase que su padre solía decir.
—¿Cuento con eso?
—Sí, papá.
—De acuerdo ―mencionó confiando en ella―. Cuídate, Pompón.
—Tú también papá. Dale un beso a Tischa de mi parte y saludos a Linda.
—De tu parte, Pompón.
La llamada terminó y, se dirigió a un pequeño súper que había de camino a casa para comprar provisiones.
Compró alimentos básicos y artículos de limpieza. Después de eso, se dirigió al apartamento.
Al llegar no había señales de Hank.
Abrió una de las alacenas para acomodar su canasta básica, y se encontró con que Hank había llenado todo un compartimiento con sopas instantáneas.
Cerró la puerta de la alacena buscando otro espacio donde acomodar sus cosas.
Cuando terminó, comenzó a preparar algo de comer; algo que no fuera tan difícil, ni tardado.
Tomó un bowl, una cuchara y vació un rico cereal de hojuelas azucaradas con leche y trozos de banana.
Era una delicia. Sí, esa era su cena.
De pronto, Hank se asomó vistiendo un pijama con aliens estampados. Ella no pudo contener la risa.
Él se ofendió por supuesto y no lo dejó pasar.
—¿Qué te causa gracia?, Cabeza de ramen —dijo acercándose al refrigerador.
—¿Es en serio? — preguntó entre risas.
—¿Qué cosa? —Abrió el refrigerador—. ¡Ah!, la niña compró comida. ¡Genial!
Su humor cambió con el asunto de la comida.
—Obvio. No tengo por qué morir de hambre, ¿qué te hizo pensar lo contrario?
—El modo en que te las ingenias para comportarte como una niña.
—Sí, claro.
—Es en serio —dijo y sacó la leche que ella había comprado para copiarle la cena y sentarse frente a ella en la pequeña mesa cuadrada que estaba dentro de la misma cocina.
Ella lo observó boquiabierta, él solamente le sonrío. Pero ella no peleó la comida, no. Sus padres nunca le enseñaron a hacer eso; aun si a ella le molestaba los motivos por los que Hank actuaba así.
—¿No vas a comer? —preguntó él con falsa preocupación.
—Si te terminas la caja, te tocará comprar el próximo —reclamó indignada.
—Sé que mencione eso de que no habría reglas ―mencionó él ignorando las palabras de Nayla―. Pero si hay una.
—¡No!, nada de reglas. Tú mismo lo dijiste —tajó ella llevando una cucharada de cereal a su boca.
—Solo una. Relájate —pidió demasiado tranquilo―. Todo lo que entre en esta cocina, es para el consumo de ambos.
—Ya lo capto. Pretendes no aportar nada y así seré yo la que terminé llenando la alacena —supuso.
—No, nada de eso —aseguró—. Únicamente, hay que ser compartidos.
—Anoche vi que estuviste en la cocina comiendo —reclamé—. No fuiste muy compartido.
—Podías tomar si querías.
—Lo tomaré en cuenta la próxima vez.
—Hecho —dijo sin dejar de comer.
Ambos comieron en silencio mirándose mutuamente. Era un juego de miradas que tenía una mezcla de intimidación y nerviosismo. De pronto ella dejó de comer y se dedicó a mirarlo observando sus facciones. Él se sintió nervioso y no quería hacerse notar.
—¿Vas a comerte eso? —preguntó observando el plato casi a la mitad para desviar la atención.
Dirigió su cuchara hacía donde estaba el plato de Nayla e intento meterla.
—¡Oye! — exclamó ella cubriendo con sus brazos el plato.
—¿Qué? Se te va a remojar y no sabe igual. Deja de ser crujiente —dijo intentando meter su cuchara en el plato de Nayla una vez más.
Ella se levantó con el plato en sus manos y caminó al sofá para encender el televisor. Pero él no se quedó solo, la siguió.
Al terminar de cenar, ambos dejaron los platos sobre la pequeña mesa. Continuaron viendo el programa en silencio hasta que él se percató de que ella estaba recargada en el respaldo con los ojos cerrados; se había quedado dormida.
Se dedicó a observarla por unos minutos. Era en verdad hermosa y, dormida ni parecía que fuera tan necia. Fue a su habitación por una cobija para colocársela, levantó los platos llevándolos a la cocina y se retiró a dormir.
Al día siguiente se levantó extrañada, pues recordó que los platos estaban sobre la mesita y la cobija que la cubría no era de ella.
Trató de no prestar atención y se levantó para buscar una toalla en su habitación y bañarse.
Entró al baño dando un bostezo largo que interrumpió para lanzar un grito al ver a Hank cubriendo con la cortina de baño de su cintura para abajo.
—Podías haber esperado tu turno —anunció Hank con despreocupación―. ¿o intentas ver otra cosa? ―cuestionó con picardía y soltó la cortina consciente de que ella no miraría y así la haría molestar.
—¡Cúbrete! —gritó ella tomando un rollo de papel higiénico para lanzárselo sin mirarlo.
Posteriormente salió corriendo de ahí.
No salió hasta escuchar la puerta principal cerrarse… otra vez.
El día siguiente, por suerte no lo vio.
Y así pasaron los días.
Esperaba a que él se fuera para poder apoderarse del apartamento, pero de ese modo, no iba a ganar la apuesta.
El fin de semana llegó y aún no encontraba trabajo.
Era de noche y se encontraba viendo a televisión con un bote de helado. Estaba en pijama, pero no una infantil como la de Hank con aliens estampados.
Estaba entretenida con su programa que, no despegó la vista del televisor cuando escuchó la puerta abrirse.
Fueron los pasos que la hicieron voltear. Hank no llegó solo.
―Hola ―saludó Neal acercándose al sofá donde ella se encontraba sentada, recibiendo una amistosa sonrisa de su parte a modo de saludo.
—¡Hey! Sigues viva —resaltó Hank dirigiéndose a su habitación.
—Tu igual —gruñó la chica robándole una sonrisa a Neal—, para mi mala suerte.
―¿Puedo sentarme? ―preguntó Neal.
―Claro, adelante ―accedió ella con amabilidad mirando al chico colocar los cascos sobre la mesita central.
―¿Cómo estás, Nayla? ―preguntó Neal―. Espero que no te moleste que haya venido…
―No, para nada ―Se apresuro a decir ella justo cuando Hank regresó.
―¿Lúcuma? ―inquirió Neal con curiosidad al ver el sabor en el estampado del bote.
―Sí, ¿no lo has probado? ―Neal negó con la cabeza―. ¿Quieres probarlo? ―invitó.
―Claro ―respondió asintiendo observando que ella introdujo la cuchara y después acercó el bocado a su boca que recibió con gusto, Hank inmediatamente se fue a la cocina para regresar y no con las manos vacías, pues llevaba una cuchara que no dudó en meter al bote de helado desconcertando a la chica.
—¡Hey! —protestó echándose hacia atrás alejándose de él sin notar que se recargó en Neal; pero él no se quejó en absoluto.
Hank por su parte, no se quedó quieto.
—¡Dame! No seas envidiosa y mezquina.
—¿Disculpa? —cuestionó poniéndose de pie completamente fuera de sus casillas.
—Quieres todo para ti —alegó Hank acortando la distancia.
Ella retrocedió un paso en falso que la hizo caer encima de Neal, justo en ese momento Hank le quitó el bote de las manos.
Ella se quedó boquiabierta hasta que vio a Hank dar un bocado entornando los ojos hacia ella. Y aunque ella lo tomó como un gesto de desafío, en realidad lo hizo porque ella no se levantó inmediato de encima de con su amigo.
—Eso es mío, ¡devuélvelo! —exigió levantándose para intentar recuperarlo.
—Tranquila ―dijo más calmado retrocediendo―. Si te controlas un poco lo compartiré contigo.
—No deberías. ¡Es mío!
Él sonrió, y ella se quedó quieta.
Hank estiro su brazo ligeramente con el bote en la mano ofreciéndoselo con una sonrisa inocente que, comenzaba a odiar, porque así no podía portarse mal con él.
—Eres testaruda —dijo él sentándose en el sofá al ver que ella solamente se cruzó de brazos.
―Y tu insoportable.
―He sido amable a comparación tuya. Ni siquiera puedes ver eso, niña inmadura.
―No soy una niña. Y puedo ser amable. Obvio no con un ratón como tú, que llega y se roba mi comida.
—Debo admitir que, sabes elegir variedad de sabores y comida.
—Claro, no te lo debato. Pude ver tu abastecimiento de ramen.
—Me recordó a ti cuando estuve en el súper; solamente podía ver tu melena ―señaló con diversión colocando el helado sobre sus piernas, para llevar ambas manos encima de su cabeza y simular que presionaba su cabello con los puños al aire.
—Yo veo bananas, y recuerdo el Mono que hay aquí en casa ―remató robándole una carcajada a Neal que se había mantenido expectativo hasta entonces
―Perdón ―Se disculpó el chico―. ¿Se la han pasado peleando todo este tiempo?
—Yo no lo haría si ella fuera más amable ―replicó Hank.
—El Mono hablando de amabilidad.
—Ok, ya entendí… ¿Cómo ha sido tu semana, Nayla? ―preguntó Neal recibiendo una mirada recelosa de Hank, pero lo notó porque estaba muy ocupado tratando de conocer a la chica.
—Regular. Eso creo. Va excelente cuando el Mono no está por aquí.
—Hago interesantes tus días, pero te cuesta admitirlo ―alardeó Hank.
—Por supuesto que no ―replicó ella―. Eres muy odioso.
―Vaya, sí que se llevan bien ―ironizó Neal, pero ambos lo escucharon por lo que bajaron la voz.
―Yo podría llevarme bien, es ella la que no coopera.
―Sí, claro ―respondió Nayla encaminándose a la cocina y buscar otro bote de helado.
Pero en esa ocasión no se fue a la estancia, se quedó en la cocina donde se sentó en el piso recargando su espalda en una encimera.
Ahí se dispuso a saborear de su helado sabor Lucuma, cuando escuchó pasos de alguien y se quedó quieta.
―¿Nayla? ―llamó Neal y ella sonrió.