Capítulo 45

2096 Palabras
En cuanto oyó el coche, asió rápidamente su bolso y corrió escaleras abajo. Ya estaba en la puerta cuando Antonio llego con el coche. Él se inclino para abrir la puerta del pasajero y pregunto: -¿Que prisa tienes? -Mi madre cree que estaré con Hugh y no quiero darle explicaciones - respondió ella, metiéndose en el coche -. Encontrarme con Hugh y con los que estén allí va a ser mas que suficiente. -¿Estas segura de que quieres ir? -Gira a la derecha y luego sigue todo recto. Si, claro que quiero ir. Tengo que enfrentarme a ellos. Antonio hizo que el coche avanzara, observando atentamente la Carretera. Contra la luz de las farolas que pasaban, tenia un perfil limpio contra el cristal de la venta. Tenia un aspecto duro y atractivo y Sandra se sintió muy afortunada de estar con él. Con Antonio a su lado, seria menos probable que montara una escena si se encontraba cara a cara con la sonriente Susan. -¿Donde esta Bruno? -Guardando el molino. -No es que me importe que Bruno venga con nosotros pero no estoy vestida como para jugar con un perro. -Estas fantástica -dijo él, haciendo que ella se sonrojara. Sandra le dio indicaciones para llegar al club, que estaba a las afueras de la ciudad.Luego, durante unos minutos, ambos guardaron silencio. -¿Como es Angela? - pregunto ella de repente. -¿Por que? -Tu ya conoces a mi madre y al hombre con el que me voy a casar. Estas a punto de conocer a mis amigos incluso a Susan. Pero yo no conozco a nadie que tenga que ver algo contigo. -Tengo unas amigas que puedes venir a conocer cuando quieras. Son mujeres, si. Pero no hay nadie en particular y mucho menos Angela, que parece una Barbie y es tremendamente pesada. -¿Y yo? ¿Soy tremendamente pesada? -pregunto ella. -Tu eres un deber imprescindible para mi. Mas adelante vieron que varios coches se apartaban de la carretera para entrar en los terrenos del Club de Campo Lavender Lodge. Tiempo atrás, aquella finca había sido una residencia privad pero se había convertido en un club con fama de tener buena comida y unas instalaciones inmejorables. Aquella noche, todas las ventanas resplandecían con la luz procedente del interior, había música y murmullo de voces por todas parte y el aparcamiento se llenaba con rapidez. Sandra no podía haber escogido un lugar más público para airear su ruptura con Hugh.  Un coche aparcó al lado del de Antonio. La joven pareja que había dentro conocía a Sandra muy bien.  -Hola, Sandra... Hasta luego -dijo la mujer antes de darle el brazo a su pareja y entrar en el club.  -¿Estás segura de esto? -preguntó Antonio-. Estarás bajo la luz de la candilejas.  -Estoy bien -replico Sandra. Entonces, vio que Antonio, que había salido del coche para abrirle l puerta, iba vestido completamente de n***o-. Blanco y n***o. Vamos perfectamente coordinados.  -Estupendo. No sé cómo lo hacemos -comentó él.  Cuando la puerta del club se abrió, el nivel de ruido subió considerablemente-. La mitad del condado parece estar aquí.  Sandra sintió un breve ataque de pánico, pero lo descartó enseguida.  -¿Por qué iba yo a tener que preocuparme? Tengo mi ángel guardián -dijo ella. Sin embargo, el rostro burlón de Antonio tenía tan poco de angelical que ella no pudo evitar echarse a reír-. Estaba equivocaba, no tengo un ángel guardián. Al contrario.  -A los otros se les llama parientes.  -¿Eres tú mi pariente?  -Si e me da la oportunidad...  Entonces, entraron en el vestíbulo del club. Sandra vio a Hugh enseguida. Él se acercó rápidamente había ella. Estaba seguro de que, al final, Sandra cambiaría de opinión. Su confianza innata le fallaba muy pocas veces.  -¡Dios mío! Se cree que el señor de la casa -comentó Antonio.  -Si quiera, podría serlo. Su bufete es uno de los de más éxito.  -Entonces, ya sé dónde tengo que ir si necesito un abogado -dijo Antonio. Cuando Hugh llegó a su lado, sonrió afectuosamente a Sandra y con algo más de frialdad a su acompañante-. Aunque, pensándolo bien, tal vez no.  Hugh había sospechando que Antonio estaría con Sandra, pero no estaba dispuesto a dejar que aquello lo acobardara.  -Permíteme que diga que vienes conmigo-dijo Hugh, cortésmente.  -Es muy amable de tu parte -respondió Antonio.  El director del club, muy sonriente, dio la bienvenida a Antonio cuando Hugh le dijo que era su invitado. Entonces. el hombre repitió el nombre.  -¿De verdad es Antonio Figueira?  El director había oído hablar de él. Luego, Sandra se empezó a sentir muy ridícula al notar que varias personas habían oído hablar de Antonio Figueira bien por artículos, por apariciones en televisión... Todo el mundo parecía estar muy emocionado ante la llegada de una cara nueva, y más si era la de una persona famosa. Entonces, una mujer a la que Sandra conocía desde hacía años le preguntó:  -¿Hace mucho que os conocéis, Sandra y tú?  -Sandra y yo somos buenos amigos -dijo Antonio. Bruce, el director, le sugirió que por qué no se hacía socio temporal del club. Antonio le respondió que le gustaría visitar las instalaciones.  -Yo te las mostraré -se ofreció Sandra. Entonces, juntos se dirigieron hacia el gimnasio-. No sabía que fueras famoso.  -Y no lo soy. -Pues prácticamente la gente te ha pedido autógrafos.  -He hecho que unas cuantas personas se vuelven a mirarme. -Eres una revelación. No sabía que... -No hay nada que saber. A menos que quieras que Hugh se nos una, es mejor que nos demos prisa porque él no quiere que estés conmigo.  -Realmente no quieres hacerte m*****o de este club, ¿verdad?  -No me van demasiado.  A pesar de todo, siguieron con la farsa de que Sandra le mostraba a Antonio las impresionantes instalaciones del club.  -Muy impresionante -dijo él, mirando el bien equipado gimnasio. Luego fueron a las pista de tenis y de squash-. ¿Juegas? ¿Y Hugh?  -Sí, juego. En cuanto a Hugh, es el campeón del club.  -Entonces, tengo que jugar con él antes de irme de aquí.  Sandra decidió encargarse de que no lo hiciera. Sin embargo, hasta más tarde no se le ocurrió que, incluso con la pierna herida, ella había dado por sentado que Antonio ganaría.  En la piscina había varios nadadores. En otras circunstancias, Sandra habría estado entre ellos.  -La piscina vale por sí misma el dinero que se paga por ser socio -dijo ella, al mirar a través de las ventanas.  -Tu madre dijo que eres una buena nadadora.  -Eso es cierto. Por eso no puedo entender por qué no pude salir yo sola del río.  -Fueron las botas -explicó él.  Ella sonrió. Esperaba que el susto que se había llevado en el río no le quitara el gusto por la natación.  -Me muero de hambre -dijo Sandra-. ¿Te parece que probemos el bufé?  Ella lo condujo por una escalera hasta una galería dese la que se dominaba el restaurante. Desde allí arriba se veía a todo el mundo. Un vestido rojo llamó la atención de Sandra, que se inclinó un poco para asegurarse.  -Ahí tienes a Susan, contoneándose en medio de los que están bailando.  En aquel momento, Susan levantó la cabeza y miró a Sandra, y a la que saludó con la mano. Inmediatamente, subió las escaleras y se dirigió a ellas con una sonrisa.  -Me parece una mujer que no sabe lo que le espera -susurró Antonio.  -Efectivamente, no parece saber que yo lo sé.  -¿Y se lo vas a decir?  -Sí -afirmó ella, dispuesta a no tolerar aquella falsa amistad.  Sandra esperó que Susan la besar y la abrazara, pero era Antonio el que había llamado la atención de su amiga.  -He oído hablar de ti. Nos vienen bien más hombres atractivos -ronroneó Susan, con una seductora sonrisa, después de limitarse a decir hola a Sandra.  -Eso no dice mucho en favor de Hugh -le espetó ella, haciendo que la sonrisa de Susan se le helara en los labios. Sin embargo, se recuperó enseguida.  -He dicho que necesitamos más. Ya tenemos unos cuantos. Entonces, ¿qué estás haciendo con este guaperas tan maravilloso?  Proteger mis opciones -replicó Sandra-. ¿No te parece que debería hacerlo? Supongo que no habrás hablado con Hugh desde... ¿cómo podría decirlo?... desde que te ayudó con tu alquiler, ¿verdad?  -¿Qué te ha dicho Hugh? preguntó Susan con voz temblorosa.  -No hace más que decir que lo siente.  -¿Qué es lo que te ha dicho?  -No ha tenido que decirme nada. Yo regresé aquella mañana. Y te vi  -Demonios... -susurró Susan, viendo que no podía negar nada-. ¿Qué puedo decir? Sé que no deberíamos haberlo hecho pero fue, por así decirlo, por los viejos tiempos. Ya sabes como era Hugh. Ahora ya no es así, por supuesto. Fue solo...  -Una de esas cosas que pasan -terminó Sandra, con ironía.  Sí, efectivamente dijo Susan, aliviada-. Hugh lo siente y yo también- Y mucho. ¿No podríamos olvidar que ha pasado?  -¿Es ese el mismo vestido que te quitaste en las escaleras de casa de Hugh? -le esperó Sandra-, ¿Es que te trae suerte? Bueno, pues ya no va a atraer a Hugh, y vas a perder el tiempo si le haces un strip tease a Antonio. Esta no va a ser tu noche, Susan. A menos que tengas a alguien más esperando.  -Sí, bueno... -murmuró Susan, sonrojándose antes de bajar la escalera y ponerse de nuevo a bailar.  De momento, Antonio y ella se quedaron en la galería. Aquella conversación había sido muy dura. Tenía que alegrarse y pretender que se estaba divirtiendo.  -¿Habría perdido el tiempo si hubiera un strip tease delante de mí? -preguntó ella, bromeando.  -No pienses en eso. ¿Es que no puedes olvidarte del asunto?  -Todavía no. Me enojó tanto que hubiera podido empujarla por las escaleras.  -Ya lo he notado. Hasta pensé que estabas a punto de darle un puñetazo.  -No andas muy descaminado.  -Ya me lo suponía. Solo espero que, mientras la tomas con esa tontaina, no te olvides de lo que Hugh te ha hecho.  -A él lo estoy ignorando completamente.  -Pero eso no le va a perjudicar en absoluto. Sonríe para tu público.  -¿Cómo? -preguntó Sandra, sin entender. Entonces, notó que varias personas los estaban mirando desde la pista de baila. Tendría que ajar, comer algo del bufé, bailar. Si no era capaz de hacerlo, no debería habido ido al club-. ¿Vamos a comer algo, bufé? Siempre es muy bueno. Salmón ahumado, langostinos... y deliciosas tartas de frutas, fresas...  Ella siguió elogiando el menú cuando, de repente, sintió las manos de Antonio en los hombros. Estas le obligaron a darse la vuelta hasta que los dos estuvieron cara a cara. Entonces, él la besó ligeramente en los labios.  -Sabes a fresas silvestres -dijo él. -Es mi lápiz de labios -respondió, tras pasarse la lengua por los labios-. Vamos -añadió ella, dirigiéndose  hacía la escalera.  Bajaron a la sala de la mano. Él se la había agarrado cuando estaban a mitad de camino de las escaleras. Las miradas que les dirigían muchos de los presentes indicaban que se estaban preguntando cómo se estaría tomando aquello Hugh.  >, pensó Sandra. Ya en el bufé, llenaron un plato cada uno y se dirigieron a la terraza para tomar su comida y charlar con los demás.  -¿Eres amigo de Hugh? -le preguntó alguien a Antonio.  Es mejor que se lo preguntes a él -replicó Antonio.  Al ver que Hugh se había unido al grupo, el corazón de Sandra le dio un vuelco.  -Puedo? -preguntó Hugh, tomandola del brazo.  Sonaba su canción. Pero ella no quería bailar con él. Entonces, Antonio le quitó el plato de las manos y dijo:  -No, no puedes.  Tras poner los dos platos en el alféizar de una ventana, se llevó a Sandra a la pista de baila, dejando a Hugh con un palmo de narices. Al mirarlo por encima del hombre de Antonio, a Sandra le pareció que había recibido un duro golpe. Ella misma no salía de su asombro.  -¿Se ha tomado la tensión recientemente? -bromeó Antonio-. A mí me parece que tiene que vigilársela.  Ella nunca había visto a Hugh tan furioso, pero, probablemente, nunca antes lo habían humillado de aquel modo delante de sus amigos. 
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