—¿Giselle? Su voz me despertó y lentamente fui abriendo los párpados hasta que el sol de la mañana me alumbró. Era domingo, maldito domingo. —Logan —conseguí decir—. ¿Qué pasa? —Son casi la una y me aburro, odio tener que despertarte. —Ya somos dos —dije ariscamente y poniéndome el edredón sobre la cabeza para cubrirme de la luz. —Vamos Bella durmiente, me muero de hambre. Puse los ojos en blanco y me levanté desperanzándome. —Esta bien, ahora vengo con el desayuno. —¡Espera! —me paró antes de que le abandonara—. Voy contigo. —¡Pero sino puedes moverte! —protesté. —Pareces mi madre, y gracias por recordarme mi estado paralítico. —De nada. Ayudé a Logan a levantarse de la cama para coger sus muletas y luego cuando llegamos a las escaleras las bajó sujeto a la barandilla. Tras un

