Mirella seguía en la cama cuando la voz de Benedetto resonó en la casa. —¡Mirella, el desayuno está listo! Levántate. —Cinco minutos más... —murmuró ella, girándose hacia el otro lado. —¡Oh! Nunca te quedas sin cinco minutos. Levántate. —¡Ay! —dijo, empujando el edredón con el pie. Se frotó los ojos y miró enfadada a Benedetto. —¡Vamos! —dijo él, alborotándole el pelo y abrazándola con fuerza—. De todas formas, nos iremos pronto, niña. Luego podrás dormir todo lo que quieras. —¿A dónde vas, Benedetto? Quédate un poco más, por favor. —Vinimos de prisa cuando Fabrizio nos llamó. Las cosas se pusieron ocupadas. Vendremos otra vez, no te preocupes. —¡Pero…! ¡No me canso de ustedes! —Lo siento, cariño. Ya conoces a mi padre, ya ha empezado a quejarse. Mirella se levantó de la cama con

