Mujer misteriosa

1894 Palabras
Cuando Fabrizio se despertó por la mañana, se levantó de la cama, se vistió y salió a la calle. Subió a su coche y se detuvo frente a una pastelería. Compró todo lo que pensó que le gustaría a Mirella. Se había dado cuenta, por la expresión en sus ojos, de que el día anterior estaba muy asustada. Quería hacerla sentir un poco feliz. Después de comprar mucha fruta en la frutería, se dirigió a casa. El médico le había recomendado comer mucha fruta. Al llegar a casa, fue directamente a la cocina y colocó en una bandeja todo lo que a Mirella le gustaba para desayunar. Con la bandeja en las manos, entró en la habitación. Mirella seguía dormida. Tenía una mano bajo la cabeza y el cabello esparcido por toda la cara. Fabrizio se acercó lentamente y se agachó junto a la cama. Le apartó el cabello del rostro. La imagen no cambió. Sus cejas se fruncían incluso mientras dormía, y Fabrizio no entendía cómo lo conseguía. Finalmente, ella se despertó después de que él la llamara varias veces. —¿Qué haces aquí? —preguntó. —El pequeño debe tener hambre. Le he preparado algo —respondió él con una sonrisa. —No era necesario —dijo Mirella mientras tomaba la bandeja y comenzaba a comer inmediatamente. —Tomaré esto como un agradecimiento —añadió él con una leve sonrisa. —No he dicho nada de eso. —¿Estás mejor después de lo de anoche? —Estoy bien. Lo hecho, hecho está. Ahora no me importa nada más que mi bebé. —¡Eso es lo correcto! —Entonces, ¿no vas a comer? —Comí algo mientras me preparaba. También compré algunas cosas más para ti: dulces, galletas. Puedes comer más tarde. Los ojos de Mirella se abrieron de par en par al oír la palabra "Dulces". Quería bajar las escaleras y comerse todos los dulces de la casa. —¡De todas formas, ya estoy abajo! —dijo Fabrizio, alejándose de la habitación. Aunque no lo demostraba mucho, a él le gustaba preparar el desayuno. Según lo que había oído decir a su padre, este pensaba que Fabrizio tenía normas muy estrictas y era una persona insufrible y colérica. Sin embargo, ahora disfrutaba de su comportamiento. Al darse cuenta de ello, una sonrisa sin motivo apareció en sus labios. * —Mirella, ¿quieres dejar de ser terca y comértelos? —le dijo. —¡He dicho que no quiero! —¡El médico te ha aconsejado que comas mucha fruta! Vamos, mira, te están esperando ahí —insistió él, señalando el plato de fruta. A regañadientes, Mirella tomó el plato y comenzó a comer. —¡Me dan náuseas! —Si comes tantos dulces, claro que te darán náuseas. —¡Ay! —protestó ella, quejándose como una niña pequeña. Si alguien hiciera eso normalmente, Fabrizio no lo soportaría. Le habría hecho callar inmediatamente. Pero, por alguna razón, cuando se trataba de Mirella, tenía la paciencia de Job y se divertía así con ella. El joven se levantó feliz al recibir un mensaje en su teléfono. Se dirigió a la puerta y llamó a Mirella. —¡Mirella, tengo una sorpresa para ti! —¿Sorpresa? Me he quedado sin caramelos, ¿me has comprado el postre? ¡Qué detalle! —dijo ella con voz tierna. —Por supuesto que no te compré dulces, Mirella. Comes demasiadas cosas poco saludables. Esta no es mi sorpresa, pero es algo que puede hacerte más feliz que el postre. —¡Tengo curiosidad, dime qué es! —exclamó ella, levantándose. Cuando Fabrizio abrió la puerta, Daniela, Benedetto, Emiliano y Vittorio entraron. Al principio, Mirella no entendió la situación, pero soltó un pequeño grito de alegría al ver a sus amigos. —¡Benedettooo! —exclamó, sin poder contener las lágrimas. —Eh, chica, ¿tienes que llorar cada vez que nos ves? —dijo Benedetto con una sonrisa. —No podemos ser buenos con esta chica. Llora si venimos y llora si no venimos —añadió Emiliano, dejando su pequeña maleta. —Debe estar embarazada, Emiliano. Llora por cualquier cosa —bromeó Vittorio. —¡Ven aquí! La he echado tanto de menos —dijo Daniela, abrazándola. —¡Yo la he echado más de menos! —Vale, ven aquí. No llores —Benedetto le secó las lágrimas con sus manos. Mientras tanto, Vittorio y Fabrizio se unieron al abrazo. —¿Por qué no me avisaron de que venían? —preguntó Mirella. —Queríamos darte una sorpresa. Además, estamos cansados. Se dirigieron juntos al salón, donde la conversación fluyó con naturalidad. Los había echado tanto de menos... * Durante la cena, Vittorio contó historias divertidas sobre lo que había pasado en la empresa tras la marcha de Fabrizio. Las carcajadas llenaron la sala, aunque en realidad, lo que provocaba las risas era la manera en que Vittorio narraba los acontecimientos, como si los estuviera reviviendo en ese mismo momento. Los ojos de Fabrizio se desviaban constantemente hacia Mirella, aunque intentaba disimularlo. Se preguntaba cómo era posible que se riera con tanta alegría. Era casi la primera vez que la veía tan feliz… y todo mientras comía postre. Después de una cena llena de conversación, los hombres, Fabrizio, Vittorio, Benedetto y Emiliano, se quedaron en el jardín tomando café y hablando de fútbol. La charla no resultaba interesante para Daniela y Mirella, así que decidieron subir a la habitación. * —¿Hablas en serio? —preguntó Mirella, sorprendida. —No estoy segura, pero creo que me gusta —respondió Daniela con una sonrisa tímida. Daniela hablaba de su cercanía con Vittorio. Habían estado en contacto constante desde la noche de bodas. —No conozco bien a Vittorio, pero parece un buen tipo —comentó Mirella. —Eso creo yo también. Aún no le he visto ningún defecto. Pero olvidémonos de mí. ¿Qué haces en casa todo el día? ¿Sales a algún sitio? —A veces. Él me lleva a donde quiero, no se opone. Vamos a revisiones o a hacer recados. Es así. —Fabrizio nos llamó. Dijo que estabas de mal humor y nos pidió que viniéramos. En realidad, pensábamos venir unas semanas después, pero cuando lo mencionó, dejamos todo y vinimos. A veces lo critican, pero es considerado. —¿De verdad? Daniela la miró con una sonrisa traviesa. —Hmm, entonces te gusta. —Sé lo que intentas insinuar, pero no es así, Daniela. Olvídalo. Eso no puede pasar. —¿Por qué no? Mira, tal vez tú no, pero él no es indiferente a ti. Le he visto mirarte varias veces. Y tiene una sonrisa en los ojos cuando lo hace. —¿Podemos cerrar este tema? Tengo sueño —dijo Mirella, algo sonrojada. —¿Por qué no duermes conmigo esta noche? Podemos abrazarnos y dormir juntas, como en los viejos tiempos. —Sería genial. Déjame ponerme el camisón y voy. Mientras tanto, Vittorio y Emiliano habían bebido de más y estaban borrachos. La tarea de llevarlos a sus habitaciones recayó en Fabrizio y Benedetto. Primero llevaron a Emiliano a su habitación. Benedetto cargaba con él mientras se quejaba. —Por esto no me gusta salir… ¡míralo! —Vittorio no es diferente. Siempre es lo mismo —respondió Fabrizio. —Nosotros también bebemos y no nos pasa esto. No lo entiendo —dijo Benedetto, mientras dejaba a Emiliano sobre la cama. —¡Problemas en mi cabeza! Después de llevar a Vittorio a su cuarto, ambos se retiraron a descansar. * —¿Mirella? ¿Daniela? ¿Ya están listas? ¡Tengo hambre! ¡Vamos! —gritó Emiliano desde la puerta. —¡Ya vamos, Emiliano! No te desesperes —respondió Daniela riendo. —Vale, todo está listo, excepto algunas cosas. Las compraremos en el mercado de camino. Vamos. Cuando Mirella y Daniela se unieron, comprobaron que todo estaba preparado y se pusieron en marcha. Finalmente, encontraron una frondosa zona de picnic y se instalaron. Sacaron las cosas del coche y comenzaron a preparar la barbacoa. Mientras Daniela ponía la mesa, Mirella permanecía sentada en un rincón. Le costaba agacharse y levantarse, así que no podía ayudar demasiado. Media hora después, la carne estaba lista. Se sentaron sobre la hierba y comenzaron a comer mientras charlaban. —¿Deberíamos ir a un bar o algo así después de esto? —sugirió Emiliano. —Sí, eso sería genial —respondió Vittorio con entusiasmo. —No seas tonto, Emiliano. ¿Cómo va a venir Mirella? —intervino Benedetto. —Siempre me olvido de ella… Mirella, ¿quieres dar a luz a este niño de una vez? —bromeó Emiliano—. Y, ¿qué pasó con mi trabajo? ¿Lo arreglaste? —Sí, Emiliano. ¡Ya estaban haciendo cola por ti! —rió Mirella. —¡Amor! ¡Llevas dos días burlándote de mí así! —se quejó Emiliano, fingiendo estar ofendido. Mirella no pudo contener la risa y lo abrazó con fuerza. —Oh, ¿y si vamos al parque de atracciones después de comer? —propuso Daniela de repente. —¡Sí, sí! ¡Vamos! —gritó Emiliano. Todos lo miraron con aprobación. Después de recoger todo y asegurarse de no dejar basura, partieron hacia el parque. Tras un divertido paseo por las atracciones, en el camino de regreso vieron un puesto de hot dog y decidieron parar a comer. Vittorio y Emiliano hicieron una apuesta: ganaría quien comiera más hot dog. Animado por Benedetto, Emiliano se comió 15 hot dog de una vez… y acabó en el hospital. Aunque se reían de la situación, estaban realmente preocupados por él. Resultó tener un virus estomacal. Tras recibir suero y ser revisado por el médico, se confirmó que estaba bien y pudieron volver a casa. * Carlo estaba sentado en su sillón, agotado y con una copa en la mano. Había bebido cada noche desde que rompió con Mirella. Una parte de él le decía que la perdonara, pero su orgullo no se lo permitía. No podía hacerlo ni con el corazón ni con la razón. La última vez que la vio, ella se casaba. Vestía un deslumbrante vestido de novia blanco, radiante como un cisne. Pero no era con él. Mirella debería haber llevado ese vestido para casarse con Carlo, debería haber llevado su apellido. Pero no fue así. Mirella cumplió ese sueño con ese hombre llamado Fabrizio. Aunque Carlo sabía que Mirella no lo había hecho con intención, no podía aceptarlo. La piel de Mirella había tocado la de otro hombre. No podía perdonarla. El timbre de la puerta sonó, pero Carlo lo ignoró. Dio otro sorbo a su bebida. Los golpes continuaron, insistentes. Finalmente, se levantó y abrió la puerta. No esperaba encontrarse con una mujer frente a él. —¿Quién es? —preguntó frunciendo el ceño. —¡Carlo…! Te he echado tanto de menos. Mira, he salido del hospital. Me he recuperado. Ya no hay nada que nos separe —dijo ella, extendiendo los brazos para abrazarlo. Carlo retrocedió, confuso. Podría asegurar que nunca antes había visto a esa mujer. —¿De qué habla, señora? ¿Quién es usted? ¿De qué me conoce? —preguntó desconcertado. La mujer se echó a reír. —Claro… ¿cómo ibas a reconocerme? ¡Cuántos años han pasado!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR