Fabrizio abrió los ojos cuando los rayos del sol le dieron en la cara. Al incorporarse y estirarse, vio que Mirella seguía durmiendo. Al mirar el reloj, notó que era casi mediodía. Oficialmente, había perdido la mitad del día.
Se rascó la nuca y llamó a Mirella.
—¡Mirella! —dijo, dándole un leve codazo en el brazo—. ¡Mirella, te estoy hablando!
Cuando lo dijo, la joven no respondió ni emitió sonido alguno. Fabrizio le apartó el cabello de la cara y se acercó un poco más para mirarla con detenimiento. Sus grandes ojos oscuros parecían a punto de salirse en cualquier momento. Sus cejas, siempre fruncidas, especialmente hacia él, eran inconfundibles. Tenía hoyuelos que aparecían de inmediato, incluso con una leve sonrisa. Y ni hablar de sus labios carnosos y rosados, o del pequeño lunar junto a ellos, que la hacía aún más atractiva.
¿Era guapa Mirella? Fabrizio se planteó esta pregunta, pero la respuesta fue evidente. Sí, lo era. Mirella era hermosa.
Cuando Mirella despertó, él sacudió la cabeza de un lado a otro y apartó esos pensamientos. Mirella abrió los ojos y lo fulminó con la mirada.
—¿Has dormido aquí conmigo? —preguntó, incrédula.
—Sí. ¡Me he quedado dormido! Por cierto, ¡buenos días! —respondió Fabrizio con una sonrisa.
—¡Buenos días! —contestó ella, mientras se levantaba y organizaba su ropa.
Después de ir al baño y cumplir con su rutina matutina, Mirella bajó a desayunar. Sirvió todo lo que había en la mesa en su plato y empezó a comer rápidamente. Cuanto más comía, más hambre sentía; definitivamente, no estaba saciada.
De repente, sonó su teléfono. Al mirar quién llamaba, vio que era su amigo Benedetto por videollamada. Gritó de alegría y respondió de inmediato.
—¡Benedetto! —exclamó alegremente.
—¡Mirella! ¿Qué estás haciendo?
—¡Sólo estoy sentada! ¿Y tú?
Mientras hablaban, Daniela y Emiliano aparecieron en la pantalla.
—¡Daniela! ¡Emiliano! —gritó Mirella, enviándoles un beso al aire.
—¿Has ido a la playa? —preguntó con desánimo. Era un lugar al que solían ir juntos, y anhelaba estar allí en ese momento.
—Sí, pero no es divertido sin ti. No te preocupes, volveremos cuando llegues.
Mirella asintió con nostalgia.
—¿Y cómo está la pequeña? ¿Qué haces ahí? ¡Te extrañamos, niña!
—Pequeña... —Mirella se llevó la mano al vientre—. Estamos muy bien. No se preocupen.
—Bien, bien. Mira, ya cerramos. Nos vamos a casa. Cuídate mucho, ¿vale? ¡Besos!
—Exacto, Mire. Cuídate y cuida a la pequeña. Te mandamos besos. De todas formas, iremos a verte.
—¡Yo también les mando un beso! —dijo ella, simulando un beso en la pantalla.
—Mirella, ¡mírame! —intervino Emiliano—. Hazte amigas jóvenes y guapas por ahí, ¿vale? Y nos las presentas cuando volvamos. ¡Organiza algo, no te olvides!
Benedetto, riendo, le gritó a Emiliano y colgó la llamada. Acostumbrada a esas bromas, Mirella sonrió y colgó también.
Sin embargo, al colgar, una sensación de tristeza la invadió. Los extrañaba profundamente y deseaba estar con ellos, aunque sabía que eso ya no era posible.
—¿Qué pasa ahora? ¡Tus amigos están bien! —le dijo Fabrizio, notando su expresión.
—¡Pero quiero estar con ellos! —dijo Mirella, sintiendo que se le quitaba el hambre.
—Si no podemos ir, ellos vendrán. No te preocupes. ¡Termina tu plato!
Mirella asintió y continuó comiendo en silencio.
*
En una tarde ventosa, Mirella se sentía aburrida dentro de casa y decidió salir a tomar el aire. Había leído en varios libros que pasear durante el embarazo era recomendable, así que tomó su sueter y salió a caminar por los alrededores.
Colocó los auriculares en sus oídos y caminó despacio mientras tarareaba una canción. Le sentó bien.
De repente, se dio la vuelta al escuchar unas risas. Dos hombres borrachos caminaban de manera inestable hacia ella, sonriendo con torpeza. Se dirigían directamente a Mirella.
La joven no solía temer estas situaciones. ¿No podía ella lidiar con dos borrachos? Quizá no pudiera superarlos físicamente, pero su lengua y su inteligencia bastaban para ponerlos en su lugar. Siempre lo había hecho así.
Sin embargo, algo había cambiado. Estaba embarazada. No podía correr ese riesgo con su bebé en el vientre. Podría hacerle daño. Por eso, evitó el enfrentamiento y aceleró el paso.
El miedo se apoderó de ella en cuanto uno de los hombres dijo ¡Shh! desde atrás. Trató de ignorarlo y respiró hondo, aferrándose el estómago con una mano.
Justo entonces, su teléfono vibró con fuerza. Era Fabrizio. Se alegró al verlo en la pantalla.
—Señor... —susurró, llevándose el teléfono a la oreja.
—¡Mirella! Mirella, ¿dónde estás? —la voz de Fabrizio sonaba tensa y nerviosa.
—Estoy fuera, dando vueltas...
—¿Quieres volverme loco? ¿Por qué te vas de casa sola sin avisar? ¡Dime dónde estás!
Mirella iba a responder, pero al girarse vio que los hombres se acercaban más. Entró en pánico. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Fabrizio, ven rápido! Tengo miedo...
La desesperación en su voz hizo que Fabrizio se pusiera aún más nervioso.
—¡Dime qué hay a tu alrededor!
—Un pequeño mercado. Creo que estoy en el camino superior de la casa.
—Vale, no te detengas. ¡Te alcanzo en dos minutos! No tengas miedo.
Mirella se secó las lágrimas y apretó el paso. Sabía que Fabrizio llegaría pronto, lo que le dio algo de tranquilidad.
—¡Vamos, nena! ¿No estás cansada todavía? —dijo uno de los hombres, alcanzándola y colocándose frente a ella.
Mirella empezó a temblar, pero trató de mantener la calma y parecer fuerte.
—¡Vete, no te busques problemas esta noche!
Los hombres se rieron ante su advertencia.
—Si das problemas, me parece bien —replicó uno con una sonrisa burlona.
—¡Mi marido vendrá y no les gustará conocerlo! —advirtió Mirella con firmeza.
—¿Tu marido...? —repitieron entre risas.
Intentó marcharse, pero uno de ellos la agarró del brazo.
—¿A dónde vas, cariño?
Estaba a punto de replicar cuando de repente fue derribado al suelo por un puñetazo.
—¿A quién rayos llamas cariño? ¿A mi mujer? —gritó una voz detrás de ellos.
Era Fabrizio.
—¡Voy a matarte! ¿Me oyes? ¡Voy a matarte!
Gritando como un loco, Fabrizio se abalanzó sobre el hombre y comenzó a golpearlo. El otro hombre huyó en cuanto vio a Fabrizio acercarse.
Fabrizio no se detuvo hasta dejar al hombre inconsciente.
Mientras tanto, Mirella observaba en silencio, sin intervenir. Fabrizio parecía desbordar fuerza; sus músculos se marcaban bajo la camiseta, y su cabello caía sobre sus ojos al moverse, dándole un aire más carismático de lo habitual. Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos, y miró al hombre en el suelo, que se retorcía de dolor.
—Bien hecho —pensó para sí misma—. Tal vez así aprendan y dejen de molestar a otras chicas.
Finalmente, el hombre se desmayó con el rostro ensangrentado. Fabrizio se levantó y se giró hacia Mirella.
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo? —preguntó, abrazándola con fuerza.
Mirella permaneció inmóvil unos segundos antes de responder con voz temblorosa.
—Estoy bien. Llegaste justo a tiempo.
Fabrizio sostuvo el rostro de Mirella entre sus manos, dejando atrás su furia.
—Vamos a casa. Te enseñaré a no salir sola...
La tomó de la mano y comenzaron a caminar de regreso. Mirella lo siguió sin protestar.
Cuando llegaron a casa, Fabrizio se volvió hacia Mirella con el ceño fruncido.
—¡Cómo has podido salir de casa sin avisar, Mirella! Encima, de noche y sola... —exclamó con evidente enfado.
—Sólo quería dar un paseo... —respondió ella, bajando la mirada.
Fabrizio se rascó la frente con nerviosismo. Pensaba en qué habría pasado si no hubiera podido alcanzarla. Se preguntaba qué habría ocurrido si aquellos hombres hubieran tocado a Mirella. Incluso la simple idea bastaba para volverlo loco. Sabía que no habría dejado con vida a ese hombre si la hubiera tocado.
Mirella era suya. Él había sido el primero en tocarla. Ella le pertenecía.
—¡Dime a dónde quieres ir y vamos juntos! ¿Y si algo le pasaba al bebé o a ti? ¿Qué haría yo entonces? —continuó, su voz temblando de frustración.
Mirella escuchaba en silencio, con los labios fruncidos. Aunque no lo mostraba, el miedo aún estaba presente en su pecho. Al escuchar los gritos de Fabrizio, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, incapaz de contenerlas.
Cuando Fabrizio la vio así, suspiró con angustia y se sentó lentamente a su lado.
—Mirella... ¿puedes mirarme? —susurró.
Ella negó con la cabeza y siguió llorando.
—Está bien... te pido disculpas. —dijo con ternura, rodeándola con los brazos en un intento de reconfortarla. Sabía que las hormonas del embarazo podían estar afectándola.
Fabrizio se acurrucó más cerca y dejó que Mirella apoyara la cabeza en su hombro. Después de todo, ella llevaba a su bebé en el vientre. Su prioridad era hacerla sentir bien.
Pasado un rato, Fabrizio la llamó de nuevo, pero no obtuvo respuesta. Al girar la cabeza, vio que se había quedado dormida. Con sumo cuidado, la levantó en brazos y la llevó a su habitación, caminando con pasos silenciosos.
La depositó suavemente en la cama y, cuando estaba a punto de retirarse, su fragancia lo envolvió. Fabrizio se sintió mareado. Sus ojos se posaron en los labios rosados de Mirella.
Tragó saliva con fuerza y apartó la mirada, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué estoy haciendo? —murmuró. Lo que pensaba era absurdo.
Mirella se quitó el sueter para dormir más cómoda, se cubrió con el edredón y se acomodó en la cama. Fabrizio salió de la habitación y se dirigió a la suya.
La mañana siguiente transcurrió en silencio en la mesa del desayuno. Finalmente, Mirella rompió el hielo.
—Gracias... —dijo en voz baja.
Fabrizio la miró con desconcierto.
—¿Por qué?
—Por todo. Creo que tengo prejuicios contigo...
—¿Un poco? —respondió él con una sonrisa divertida.
Mirella puso los ojos en blanco, pero continuó.
—Mientras cuides de nuestro bebé y de ti mismo, no creo que haya ningún problema entre nosotros, Mirella —aseguró Fabrizio—. De todas formas, lo que estamos viviendo parece un juego del universo... es muy extraño.
—Sí hay un juego, pero no del universo —murmuró Mirella.
—¿Perdón? —Fabrizio frunció el ceño.
Él no sabía nada sobre las fotos. Mirella pensó en contárselo, pero lo había olvidado entre su embarazo y la boda.
—Todo esto fue planeado... deliberadamente —susurró ella.
—¿Qué fue planeado? ¿De qué hablas?
Mirella levantó la vista y, con un nudo en la garganta, comenzó a explicarse.
—Aquella noche... no estábamos solos en esa habitación. Alguien nos tomó fotos.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo, Mirella? Explícalo bien.
—Alguien envió esas fotos a Carlo. Todo fue deliberado. ¿Entiendes ahora?
Fabrizio quedó paralizado por lo que oía. El enojo comenzó a arder en su interior.
—¿Nos tomaron fotos? ¿Quién haría algo así? Yo no tengo enemigos.
—No es nada contra ti. Me lo hicieron a mí. ¿Por qué crees que enviaron esas fotos a Carlo?
—¡Y recién me lo dices ahora! —exclamó Fabrizio, frustrado.
—No era algo contra ti. Es un ataque hacia mí. Alguien quería arruinar mi vida... y lo consiguió.