Los días transcurrieron rápidamente. Ambos jóvenes vivían de manera independiente, evitando el contacto entre ellos salvo en situaciones estrictamente necesarias. Mirella aún no podía afirmar que hubiera desarrollado afecto alguno hacia Fabrizio.
Una mañana, Mirella despertó al sonido del trinar de los pájaros. Al incorporarse y estirarse, una dulce sonrisa adornaba su rostro, aunque no sabía con exactitud por qué. Había aceptado su situación.
Se vistió rápidamente con unas prendas que sacó de su armario y bajó las escaleras con el cabello recogido en un moño. Al llegar al comedor, se percató de que únicamente estaban los empleados; Fabrizio no estaba a la vista. Sin prestar demasiada atención a su ausencia, se sentó frente al desayuno ya servido. Sacó su teléfono y puso una serie, que había dejado inconclusa. Mientras veía los episodios, su risa resonaba de forma constante.
Fabrizio apareció en el salón, guiado por las risas de Mirella. El sudor en su rostro delataba que había estado haciendo ejercicio. Para no interrumpirla, caminó con pasos silenciosos hacia el baño. Poco después, bajó de nuevo, ya duchado y fresco.
—¿Qué haces? —preguntó, sentándose en el sillón junto a Mirella.
—Estoy hablando con mi niña. ¿Sabías que puede oírme? —respondió ella, acariciándose el vientre.
—¿En serio? —preguntó él, colocando la mano sobre el abdomen de la joven.
—¡No se mueve!
—Porque es demasiado pequeña —respondió Mirella entre risas.
—¿Cuándo sabremos su sexo?
—¿Te importa tanto?
—No lo sé, nunca me lo había planteado. El matrimonio y los hijos no estaban en mis planes. Pero... creo que me gustaría tener una hija.
—¡Como si tuvieras elección! —replicó ella, rodando los ojos. —El médico me dijo que en el cuarto mes sería evidente.
Por primera vez, Mirella hablaba con Fabrizio con una sonrisa sincera, cálida. Su risa iluminaba su rostro, sus ojos se entrecerraban y aparecían hoyuelos en sus mejillas. Él, en cambio, siempre parecía fruncir el ceño, aunque ya estaba acostumbrado a sus repentinos cambios de humor, por lo que no le daba demasiada importancia. Pronto, pensó, comenzaría a gritar, como de costumbre.
Cuando Mirella notó que Fabrizio la observaba detenidamente, se sintió incómoda y decidió levantarse.
—Voy a acostarme un rato —dijo, alejándose. Subió las escaleras, y justo antes de entrar en su habitación, notó una escalera que llevaba al ático. Intrigada, comenzó a subir con pasos cautelosos.
El ático ofrecía una vista espectacular, como si toda la ciudad se extendiera a sus pies. El lugar estaba repleto de muebles viejos y cosas acumuladas, pero Mirella vio potencial. Con algo de limpieza y orden, pensó, podría convertirse en un sitio encantador. Decidida, comenzó a mover un gran armario que ocupaba el centro del espacio. Con mucho esfuerzo, logró desplazarlo un poco, pero al empujar una mesa, un estruendo de cristales rotos resonó en el ático.
Mientras Fabrizio revisaba sus correos, el ruido lo distrajo. Alarmado, corrió hacia el origen del sonido. Al llegar, encontró un gran jarrón roto y a Mirella con un dedo cubierto de sangre. A pesar de ello, ella seguía empujando el pesado armario, como si nada hubiera pasado.
—¡Mirella! ¿Qué estás haciendo? —dijo, visiblemente preocupado. —¡No deberías levantar cosas pesadas! ¿No lo sabes?
—Estás exagerando. No pasará nada.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Estás embarazada! Y además, tu mano está sangrando. ¡Mira! —exclamó, tomando su mano.
—¡No es nada importante! Ya se pasará.
—¡Vamos a limpiarte la mano! —ordenó.
Finalmente, Mirella cedió. Juntos bajaron al salón, donde Fabrizio limpió la herida y le puso una tirita.
—¿Qué hacías allá arriba?
—¡Con un poco de limpieza será un lugar maravilloso! La vista es increíble, Fabrizio. ¡Tienes que verla!
—Si lo hubieras dicho, alguien más lo habría hecho por ti. ¿Por qué intentas hacerlo tú sola?
—¡Porque quiero hacerlo yo misma! Además, es una forma de entretenerme.
—Busca algo más seguro. Ese no es tu trabajo.
—¡Me subestimas demasiado!
—¡Para nada! —respondió él, rodando los ojos.
Ante la insistencia de Mirella, Fabrizio cedió.
—De acuerdo, lo haremos juntos. Yo me encargaré de las cosas pesadas y tú me dirás qué hacer.
—¡Trato hecho! —exclamó ella con entusiasmo.
Subieron juntos al ático. Fabrizio trasladó los muebles más grandes a otra habitación, mientras Mirella, con los auriculares puestos, se encargaba de barrer y limpiar los cristales rotos. Desde un sillón, Fabrizio observaba cómo trabajaba diligentemente, con una sonrisa en los labios. Suspiró, agotado, convencido de que su espalda lo reclamaría más tarde.
La tensión entre Mirella y Fabrizio no tardó en aparecer de nuevo.
—¡Qué cómodo estás! ¡Coge este trapo y limpia la parte de arriba! ¡Yo no llego! —dijo Mirella, lanzando el paño en dirección a Fabrizio.
—¿Yo? ¿Quitar el polvo? Ni hablar. Eso nunca lo haré.
—¿Por qué no? ¿Es una humillación para ti? —replicó ella con tono sarcástico.
Fabrizio arqueó una ceja. Mirella intentaba provocarlo una vez más.
—¿Acabas de llamarme... cómodo? ¿Me acabas de llamar...?
—Sí, porque lo eres.
—¡Al menos yo no soy una desagradecida y maleducada como tú! —espetó Fabrizio.
—¡Eres un Mal...! —La frase de Mirella quedó inconclusa cuando, al intentar moverse rápidamente, su pie golpeó el cubo de agua y perdió el equilibrio. Fabrizio reaccionó a tiempo, sujetándola por la cintura antes de que cayera.
De repente, quedaron frente a frente, tan cerca que sus narices casi se rozaban. Sentían la respiración del otro. Fabrizio recorrió con la mirada el rostro de Mirella, sus ojos oscuros atrayéndola hacia él como un imán. Pero ella retrocedió de inmediato, incómoda por la cercanía.
—¡Todo esto es culpa tuya! —dijo, apartándose un mechón de cabello de la cara.
—Lo entiendo. No soy de ayuda para ti —respondió Fabrizio, encogiéndose de hombros con indiferencia.
Mirella volvió a concentrarse en su trabajo, ignorándolo.
—¿Puedes ayudarme un poco en lugar de hablar? ¡No soy lo suficientemente alta!
—Mirella, hay apenas seis o siete centímetros de diferencia entre nosotros. Si yo puedo hacerlo, tú también.
La joven infló las mejillas con frustración y suspiró. Fabrizio no estaba siendo de ayuda, a pesar de haber insistido en participar.
Finalmente, Fabrizio no pudo soportarlo más. Se acercó, tomó el paño de las manos de Mirella y comenzó a limpiar. No lo hacía por ella, sino por el bebé. Aunque nunca había quitado polvo antes, intentó hacerlo lo mejor que pudo. Limpió torpemente la parte superior de las ventanas y luego se giró hacia Mirella.
—¿Ya está?
—Ehhh... Quiero decir, eres un desastre. Pero lo atribuyo a tu falta de experiencia.
—Eres demasiado habilidosa para alguien que creció rodeada de sirvientes.
—¡No se trata de habilidad, es algo básico! —dijo Mirella, sentándose en una silla cercana.
—Tengo hambre. Este lugar puede esperar. Tomemos un descanso y comamos algo.
—¡Yo también! —respondió ella, lanzando el trapo al azar. Juntos bajaron las escaleras.
*
Después del almuerzo
—¡Dame las llaves del coche! Necesito ir de compras —dijo Mirella.
—¿Compras de qué tipo?
—Ropa nueva. La mía ya no me queda bien. Además, quiero comprar cosas para la habitación.
—Está bien. Iremos juntos después de cenar. No pensarás que te dejaré ir sola.
—¿Por qué? ¿Crees que me atrapará el lobo feroz? —preguntó ella, burlona.
—¡Mirella! —respondió Fabrizio con tono molesto.
Tras cenar, ambos se prepararon y fueron a un gran centro comercial. Mirella compró ropa para ella y varios artículos de decoración para la habitación.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Fabrizio con el ceño fruncido cuando vio que ella iba hacia la caja.
—Estoy pagando lo que compré. ¿Qué parece que hago?
—No seas ridícula. Yo lo pagaré. Ahora soy responsable de ti.
—No eres responsable de mí, sólo del bebé. Ahora apártate y vamos a pagar.
Aunque las palabras de Mirella molestaron a Fabrizio, no replicó. Simplemente cargó las bolsas en el coche y regresaron a casa.
*
De vuelta en casa
Mirella se dedicó a organizar sus compras en la habitación. Con paciencia, restauró una vieja estantería y colocó cuidadosamente sus libros favoritos. Adornó los bordes con luces led y pegó carteles en las paredes, dándole un aire acogedor al espacio. También colocó cojines de colores en el suelo.
Fabrizio, con los brazos cruzados, observaba su entusiasmo desde la puerta. Pensó que podrían ser buenos amigos si Mirella se mostrara más abierta. Pero también sabía que la joven tenía un conflicto interno que la hacía difícil de tratar.
Cuando Mirella terminó, se giró hacia él con una gran sonrisa.
—¿Qué te parece?
Fabrizio caminó unos pasos por la habitación, inspeccionándola.
—¡Terrible!
La sonrisa de Mirella se desvaneció de inmediato. Antes de que pudiera responder indignada, Fabrizio levantó las manos en señal de rendición.
—¡Es broma! No frunzas el ceño tan rápido. Es el ambiente más cálido y bonito que he visto en mi vida.
La sonrisa de Mirella regresó, más brillante que antes.
—Gracias. Pero no olvidemos tu ayuda.
—Bueno, sin mí, este lugar no sería igual —respondió él, con una actitud juguetona.
Ambos se sentaron frente a la ventana para disfrutar de la vista nocturna. Mirella, agotada, terminó quedándose dormida en el suelo. Fabrizio bajó a buscar una almohada y una manta, y con cuidado la acomodó. Mientras la observaba dormir, no pudo evitar notar lo diferente que era Mirella. Su naturalidad y sinceridad la hacían única, muy distinta a las mujeres con las que estaba acostumbrado a tratar.
Con esos pensamientos rondando en su mente, Fabrizio se quedó dormido, apoyado contra la pared.