Mi bebé es mi felicidad

1470 Palabras
Cuando el avión despegó, Mirella miró por la ventanilla una última vez. Quién sabe cuándo volvería a pisar esa ciudad que albergaba sus mejores recuerdos y, a la vez, los eventos que habían puesto su vida patas arriba. Sin embargo, a pesar de todo lo malo, Mirella pensaba que siempre había algo bueno en medio del caos. Tal vez algún día regresaría con su bebé... Al girarse hacia Fabrizio, lo vio dormido, con los brazos cruzados y el rostro agotado. Estaba claro que para él tampoco era fácil lidiar con todo esto. * El joven abrió los ojos cuando escuchó la voz de la azafata. Al mirar a su lado, vio que Mirella dormía con la cabeza recargada en su hombro. Con cuidado de no despertarla abruptamente, Fabrizio se enderezó y acarició su mejilla con suavidad. —¡Mirella! Despierta, ¡ya llegamos! —le susurró. Ella abrió los ojos lentamente, aún algo desorientada, y miró a su alrededor. Notó que los demás pasajeros se levantaban y comenzó a estirarse. —¡Estoy tiesa por todos lados! —exclamó, mientras se ponía de pie. —¡A mí me pasa igual! Pero no importa, ya en casa podremos dormir como Dios manda —respondió Fabrizio, levantándose también. Ambos caminaron hacia la salida, subieron al coche que los esperaba y se dirigieron a casa. Cuando finalmente llegaron, entraron por la puerta del jardín. Mirella trató de observar los alrededores, pero la oscuridad de la noche apenas dejaba ver algo. Una joven empleada los recibió en la puerta y rápidamente se encargó de llevar las maletas al interior. La casa era elegante, bien diseñada, y tenía un aire acogedor que los envolvía de inmediato. Exhaustos, subieron las escaleras. Mirella fue la primera en llegar al dormitorio y se lanzó directamente a la cama, sin siquiera encender la luz. * Hacia el mediodía, Mirella despertó con hambre. Se vistió y bajó las escaleras. En el comedor encontró a Fabrizio sentado a la mesa, sorbiendo su café mientras trabajaba en su tableta. Apenas notó su presencia, levantó la vista y le lanzó un frío: —¡Buenos días! —Buenos días... —respondió Mirella, sin mucha emoción. Fabrizio dejó la tableta a un lado y preguntó con algo más de interés: —¿Dormiste bien? —Mmm, más o menos... —murmuró ella, sin detenerse a conversar. Se acercó a la cocina a servirse algo. Fabrizio la observó de reojo, molesto por su actitud distante. No sabía cómo iba a soportar un año entero viviendo con esa mujer tan inconforme. Mirella, por su parte, apenas terminó de comer, decidió salir al jardín. Tomó su celular y caminó sin rumbo, dejando que la calma del lugar la envolviera. El jardín era un paraíso de tranquilidad: verde, fresco, lleno de vida. Mirella aspiró profundo el aroma de la primavera. Más allá, notó una hamaca entre dos árboles. Sin pensarlo, se dejó caer en ella, buscando algo de alivio. Pasó horas deslizando la pantalla de su teléfono, pero ni siquiera eso lograba distraerla. Los pensamientos volvieron a atormentarla. Aún no podía quitarse de la cabeza aquellas fotos que habían llegado a Carlo. Alguien había querido arruinarle la vida, romper su estabilidad y separarla de las personas que amaba. ¿Quién podía odiarla tanto? ¿Por qué? Desde la ventana, Fabrizio la observaba. Al verla llorar, frunció el ceño, preocupado. Bajó al jardín y, acercándose, preguntó con tono impaciente: —¿Qué te pasa ahora? ¿Por qué lloras otra vez? Mirella, al notar su presencia, intentó contener el llanto. —¡No es nada! —respondió, limpiándose las lágrimas rápidamente. —¿Cómo que nada? Si estás llorando, algo pasa —insistió Fabrizio. —¡Te digo que no es asunto tuyo! —replicó Mirella, alzando la voz. La reacción de ella encendió la frustración de Fabrizio, quien soltó, harto de la situación: —¡Mira, basta de gritarme! Este bebé lo hicimos juntos. Actúas como si yo te hubiera obligado, pero tú tienes tanta culpa como yo. ¡Asúmelo! La joven escuchaba las palabras de Fabrizio con los labios fruncidos, como una niña pequeña que sabe que hizo algo mal pero no quiere admitirlo. Aunque sabía que él tenía razón, no podía evitar que le desagradara. Mirella tenía la costumbre de comportarse mal con la gente que no le caía bien. Frunció el ceño y, con un tono que mezclaba rabia y frustración, replicó: —¡Estoy embarazada, Fabrizio! ¡Estoy embarazada! ¿Por qué, en lugar de gritarme, no tratas de ser un poco comprensivo? Fabrizio no se quedó callado. —¡No estoy gritando! Pero eres tan egoísta... Sólo piensas en ti, en cómo te sientes. Nunca intentas ver las cosas desde otro punto de vista. —¡Eso no es cierto! —protestó ella, cruzándose de brazos con un aire terco. Por dentro sabía que estaba equivocada, pero aún así se negaba a dárselo a entender. La tensión subió de golpe cuando Mirella soltó, casi a gritos: —¡Quiero volver a casa, Fabrizio! ¡Llévame lejos de aquí! El joven se quedó paralizado por un instante, aturdido por lo inesperado de sus palabras. —¿Qué te pasa? ¿Crees que esto es un juego de niños? Hicimos un trato, Mirella, y tienes que cumplirlo —respondió él, tratando de mantener la calma. —¡Pues rompamos el trato! —propuso ella con una expresión desafiante—. Decimos que no nos entendemos, que esto no funciona, y ya está. Fabrizio dejó escapar un suspiro de cansancio. Miraba a Mirella como si frente a él tuviera a una niña de seis años en lugar de una mujer adulta. —Mirella, no seas ingenua. ¿No entiendes que no es tan simple? —dijo con firmeza, aunque sin alzar la voz—. Esta es tu casa ahora. Será mejor que te acostumbres. Ella lo miró con desdén, mientras sus palabras resonaban en su mente. —¡Esta no es mi casa! ¡Y tú no eres nadie para mí! —espetó. Fabrizio rodó los ojos y se levantó de su asiento. —Ya estamos otra vez... —murmuró mientras se dirigía hacia la puerta del jardín—. Entremos. Está haciendo frío, no quiero que te enfermes. Pero Mirella no lo dejó en paz. Lo siguió con pasos apresurados, intentando alcanzarlo mientras lanzaba una retahíla de quejas. —¿No me estás escuchando? ¿Qué acaso soy invisible para ti? —dijo, tratando de provocar una reacción. Fabrizio no respondía, y eso sólo hacía que Mirella se enfadara más. —¡Si no me llevas, me voy sola! ¡No te necesito! Justo cuando iba a añadir otra frase hiriente, Fabrizio se detuvo de repente y giró sobre sus talones, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos se clavaron en los de ella, desafiantes. Mirella retrocedió un paso, intimidada. —De todas formas, yo... —intentó decir, pero su voz se apagó. —¿Tú qué? —le preguntó él, sin dejar de mirarla. Ella levantó una ceja, manteniendo el aire altivo, pero terminó confesando con un grito ahogado: —¡Te odio! Fabrizio esbozó una sonrisa amarga. —Me queda claro —dijo, encogiéndose de hombros, antes de seguir caminando hacia la casa. Por lo general, Fabrizio no era tan paciente, pero sabía que debía aguantar por el bien de su bebé. Entraron juntos en silencio, y al llegar al comedor, encontraron la mesa puesta para la cena. Mirella, hambrienta, dejó la discusión a un lado y se sentó a comer. Fabrizio, por su parte, comió sin hacer comentarios. Tras la cena, Mirella tomó un pequeño libro y leyó durante un rato. Luego subió a su habitación, mientras Fabrizio se quedó en la sala revisando asuntos de la empresa desde su portátil. En todo ese tiempo no cruzaron palabra, ni siquiera se miraron. Ya en su cama, Mirella estiró los pies y suspiró. El cansancio de los últimos tres meses seguía pesándole. Su vida había dado un vuelco total, y aún le costaba asimilarlo. Si alguien le hubiera contado hace unos meses lo que le iba a pasar, jamás lo habría creído. Miró al techo, pensando en el vacío que sentía en su interior. Ella no era así. Normalmente, era una persona alegre, comprensiva y cariñosa. Pero desde que Fabrizio apareció en su vida, todo parecía haber cambiado. Sentía que él había alterado todo su equilibrio, y eso la frustraba. De repente, sus pensamientos se dirigieron a su bebé. Colocó una mano sobre su vientre y, por primera vez en mucho tiempo, esbozó una sonrisa. Intentó centrarse en lo positivo, en la paz que sentiría al tener a su hijo en brazos. Poco a poco, mientras pensaba en ese futuro, fue quedándose dormida con una sonrisa tenue en los labios.
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