El abdomen de Mirella había crecido considerablemente, y faltaban pocos días para el parto. Ahora tenía dificultades para sentarse y levantarse, y los dolores en su cuerpo eran cada vez más frecuentes. Todo estaba listo para la llegada del bebé: su habitación, la cuna, los biberones, la ropa e incluso sus primeros juguetes. Mirella y Fabrizio habían preparado todo con esmero, y la emoción de tener a su hija en brazos crecía cada día. Durante la última visita al médico, este les advirtió que el parto podía producirse en cualquier momento. Aunque Mirella sentía un poco de miedo, se reconfortaba con la ilusión de conocer a su bebé. —Vamos, es hora de nuestro paseo. Prepárate —insistió Fabrizio. —¡Ay, no quiero caminar! —se quejó ella. —¡Ah, ya estamos otra vez! Llevas diez minutos sentad

