Lilah Mis ojos apenas llevaban abiertos unos segundos, el sol de la mañana aún sin asomar en el cielo, cuando Darian me dijo que todo había terminado. Que David nunca volvería a molestarme. No le pedí pruebas; no quería ver nada ni saber qué había implicado. Lo único que importaba era que, si Darian me decía que David jamás volvería a aterrorizarme, yo le creía. No sentí una tristeza profunda porque se hubiera perdido una vida. No podía lamentar a alguien que había intentado destruirme a mí y al hombre que amaba. Lo que tenía que aprender ahora era a vivir sin miedo. Pero en nuestras mentes resultaba difícil creer que David no estaría esperándonos en cuanto pusiéramos un pie afuera. Que no nos estaría observando. Que no volvería a escribirnos detallando a dónde íbamos y lo que pensaba

