Frederick se encontraba sentado en su imponente trono, con la mirada perdida en el horizonte que se vislumbraba a través de las grandes ventanas del salón real. Aunque su cuerpo se había recuperado rápidamente de la enfermedad que casi le arrebata la vida, su corazón aún se debatía entre dos sentimientos encontrados.
Miró a Sasha, su esposa, quien permanecía junto a él con una expresión preocupada en el rostro. A pesar de no amarla, había aprendido a valorarla y a confiar en ella durante su convalecencia. Pero el odio que sentía hacia su propio hijo, Kael, crecía a cada minuto.
Sus pensamientos lo llevaban a momentos difíciles en los que Kael había estado presente. Siempre estaba allí, a su lado, pero parecía llevar consigo una sombra maligna que llenaba de desgracia todo aquello que tocaba. Frederick había llegado a creer que su hijo era responsable de la maldición que lo había acechado, realmente lo creía plenamente, no había duda para él en esa lógica.
Pero lo que Frederick no sabía era que Sasha, confabulada con el curandero, había sido la responsable de aquella maldición. Ella había tejido con astucia aquel plan para salvarle la vida y ganar su confianza. Sabía que solo de esa manera podría gobernar a su lado, y así poder asegurar su propia existencia en aquel reino. Sasha se acercó suavemente hacia el rey, colocando una mano sobre su hombro en un intento de consolarlo. Frederick la miró fijamente, sus ojos azules reflejando confusión e incertidumbre.
—Mi amor, sé que estás atravesando una situación difícil, quién te maldijo con la finalidad de acabar con tu vida fue tu propio hijo... Pero debemos actuar con severidad. —Dijo Sasha con voz suave, tratando de transmitirle seguridad a su marido. —El príncipe es joven y desde muy niño se dedicó a luchar por nuestro reino, esa mujer que usted trajo desde el sur fue la culpable de todo, endulzó la oreja de nuestro príncipe y lo levantó en su contra.
El rey Frederick frunció el ceño, sin comprender a qué se refería. Era como si una venda se desvaneciera de repente ante sus ojos. Sasha tenía razón, Kael siempre fue como un títere, era tan fácil manejarlo, someterlo, plantar ideales en él. Ahora había sacado las garras por que se había calentado con Shine, la chiquilla con sus suaves encantos logró dominar completamente a su hijo. No podía juzgarlo, él también habia perdido la cabeza por ella.
—¿De qué hablas, Sasha? —Preguntó Frederick, su voz llena de sorpresa y desconcierto.
—El joven príncipe es un guerrero formidable, pero ante todo es un hombre y tiene necesidades. Ella aprovechó su necesidad e ingenuidad... —Alzó una de sus cejas oscuras en un gesto por demás intrigante. —A lo que voy con todo esto es a que debemos capturarlos con vida, necesitamos al príncipe para seguir conquistando terrenos y a ella la necesitamos para manipular el frágil corazón de vuestro príncipe.
El rey Frederick se quedó en silencio durante unos segundos, procesando las palabras de su esposa. Su corazón se regocijo de gusto al darse cuenta de la crueldad de aquel acto, pero también sintió una extraña sensación de excitación al entender que Sasha era su mejor elección. No la amaba y ya poco la deseaba, pero definitivamente era una digna reina.
—Sasha, ¿Te he dicho alguna vez cuan maravillosa eres? —Preguntó Frederick, luchando por controlar sus emociones.
—Nunca me has dado algún cumplido, me siento realmente honrada de saber que piensas tan bien de mí. —Respondió ella con voz quebrada y cargada de emoción fingida. —Me esfuerzo por ti y por nuestro futuro juntos. Quería que confiaras en mí, en nosotros.
El rey Frederick observó a Sasha por un momento, intentando comprender las repercusiones de sus actos. Aunque no sentía amor por ella, reconocía la dedicación y lealtad que había demostrado durante su enfermedad y lo astuta que era, sin lugar a dudas era una mujer de cuidado.
—Tienes razón, yo me encargaré de todo. Ahora puedes volver a tus labores Sasha, te mereces un descanso después de todo lo que has hecho por mí. —Dijo Frederick con voz firme. —Escoge a dos concubinas para que te acompañen al pueblo, pueden comprar lo que deseen en el paseo. —Tomó a la mujer de sus pálidas mejillas con exceso de rubor y besó frivolamente sus labios.
Sasha bajó la mirada, sintiendo una mezcla de alivio y triunfo, esbozó una pequeña sonrisa ante el éxito de su azaña. Abandonó la cámara real y se encaminó al área de concubinas, se sentía ganadora, las cosas habían salido tal cual planeó y Frederick confiaba plenamente en ella. Pronto, todo ese reino sería suyo, pondría el mundo entero a sus pies.
El rey se sentó en su trono, con una expresión grave en su rostro. Aún resonaban las palabras de su esposa en su mente y sentía la necesidad de tomar medidas drásticas para proteger su reino y su legado. Así, reunió a los jefes de todos los escuadrones, cuyos rostros reflejaban sorpresa ante la llamada de su rey. Con serenidad, el rey les informó sobre la situación y la decisión que había tomado. Conversó sobre la lógica de su esposa y cómo había aceptado que era necesario tomar medidas extraordinarias. Sabía que esta decisión los pondría en una posición difícil, cazando a su propio hijo y a la mujer que amaba, pero también entendía que era un riesgo necesario para mantener la paz en el reino.
La misión era clara: cada jefe de escuadrón debía dirigirse a los condados aliados y avisar sobre la cacería que se había iniciado. Debían capturar al príncipe Kael y a Shine, quienes debían ser traídos con vida para que enfrentaran las consecuencias de sus actos. El rey sabía que no podía confiar esta tarea a cualquier soldado, por lo que decidió ofrecer una gran suma de oro a aquel que lograra capturar a los fugitivos. Esto motivaría a los guardias a entregarse en cuerpo y alma a la búsqueda, asegurándose la máxima eficiencia.
Una vez que el rey dio las órdenes finales, los jefes de los escuadrones salieron de la sala de reuniones y de inmediato los guardias se prepararon para llevar a cabo su misión. Montándose en sus caballos, se dispusieron a correr la voz por todos los condados aliados, esparciendo la noticia de la cacería del príncipe Kael y Shine.
El rey observó cómo los guardias partían, sintiendo una mezcla de emociones en su interior. Sabía que estaba tomando una decisión difícil, pero confiaba en que era lo mejor para su reino. No permitiría que un par de mocosos vinieran a desestabilizar todo su reino, prefería mil veces ver a su hijo muerte a perder su inmenso estatus y poder.
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Kael y Shine abandonaron la acogedora posada en la que habían encontrado refugio durante varios días y emprendieron su peligroso viaje hacia el bosque maldito. El lugar, conocido por ser inhóspito y aterrador, solo era desafiado por los más valientes. Sin embargo, el príncipe Kael estaba familiarizado con cada rincón de aquel bosque prohibido, lo conocía como la palma de su mano.
El sol se ocultaba detrás de las montañas, dejando una suave penumbra sobre el paisaje. Kael caminaba delante de Shine, protegiéndola con cada paso. Aunque se encontraban en medio de la hostilidad del exterior, el calor de su amor los envolvía, otorgándoles un sentimiento de seguridad y valentía. Ella a su lado no sentía miedo, por el encontrario, entre sus brazos se sentía protegida y segura.
El viento silbaba entre los árboles altos y oscuros, como si intentara advertirles sobre los peligros que les esperaban más allá. Pero Kael ignoraba esos presentimientos y se adentraron cada vez más en las profundidades del bosque, confiando en su instinto y en su fuerza. No se creía invencible, pero su magia era poderosa y se desbordaba por sus poros.
Finalmente, llegaron a una pequeña cabaña abandonada en el corazón del bosque. Los muros de madera estaban cubiertos de enredaderas y el techo parecía a punto de desmoronarse, pero era el refugio perfecto para ocultarse hasta que todo se calmara. En ese lugar, podrían estar a salvo y Kael podría mantener a Shine protegida de cualquier peligro.
El principe abrió la puerta de la cabaña con cuidado, revelando un interior oscuro e inhóspito. Sin embargo, los ojos de Shine brillaron de alegría al ver aquel lugar que, a pesar de su apariencia abandonada, les ofrecía la privacidad y seguridad que tanto ansiaban. Con paso firme, el príncipe condujo a Shine al interior de la cabaña. Cerraron la puerta tras de sí, dejando fuera el arrepentimiento y la incertidumbre del mundo exterior. En aquel refugio, solo existían ellos dos y el amor que los unía.
—Este sitio está abandonado hace muchos años, pero nadie se atrevería a buscarnos en este lugar. —Aprieta con ternura la mano de la chica para luego sonreír. —Podemos arreglarlo de a poco para estar cómodos el tiempo que tengamos que quedarnos aquí.
—Para mí está bien, no importa el lugar, solo que estemos juntos. —Corresponde a la sonrisa.
Kael encendió una vela, iluminando la pequeña estancia con su luz tenue y suave. Entonces, tomó a Shine entre sus brazos y la miró con ternura. Sus ojos se encontraron, transmitiendo un mensaje de amor y protección más allá de las palabras. —Te mantendré a salvo, Shine. En este lugar, nada ni nadie te hará daño. Estamos juntos en esto y no permitiré que nada nos separe, —susurró Kael, sellando sus palabras con un cálido beso en los labios de la pelirroja.
Ambos sabían que enfrentarían desafíos tremendos en el bosque maldito, pero con su amor como escudo y la cabaña abandonada como refugio, estaban dispuestos a enfrentar cualquier obstáculo. Su prioridad era mantener a Shine a salvo, sin importar los peligros que encontraran en su camino. Así, en medio de la oscuridad del bosque maldito, dos almas valientes y enamoradas se aferraban a la esperanza y al amor, listas para desafiar cualquier adversidad que se interpusiera en su camino.