Shine y Kael se encontraban rodeados, la tensión en el aire era palpable. El brillo de la luna llena apenas lograba iluminar el oscuro bosque donde se encontraban. Al menos unos cien soldados, con armaduras relucientes, los rodeaban en formación perfecta. Además, Kael pudo distinguir en la penumbra la presencia de cuatro inquietantes hechiceros, quienes parecían dispuestos a usar sus poderes contra ellos.
Las posibilidades de escapar de allí eran escasas, pero Kael no estaba dispuesto a rendirse sin luchar. Miró fijamente a Shine, su amada, y en voz baja pero urgente, le pidió que huyera. Sabía que si ella lograba escapar, todavía habría una oportunidad para ambos, aunque él tuviera que enfrentarse solo a la amenaza que los rodeaba.
Sin embargo, Shine estaba petrificada en el suelo, sintiéndose abrumada por la forma en que aquellos hombres la trataban. La angustia la invadía, pero lo que más pesaba en su corazón era el profundo miedo a perder a Kael. Verlo enfrentarse solo a esos hombres, arriesgando su vida por la suya, era demasiado doloroso para ella.
Shine levantó la mirada hacia Kael y sintió un nudo en la garganta. En ese momento, comprendió que no podía abandonarlo en esa lucha desigual. Si había una mínima posibilidad de salir juntos de allí, tenía que tomarla.
—No te voy a abandonar, ni ahora, ni nunca... —Apretó sus puños con furia.
Con determinación, Shine se levantó del suelo y se acercó hacia Kael. Sus ojos reflejaban un amor inquebrantable. Sin decir una palabra, se tomó de la mano de Kael, mostrándole que estaba dispuesta a luchar a su lado, sin importar las consecuencias. Kael la miró con gratitud y fascinación. Aquel gesto de valentía y lealtad solo fortaleció su resolución. Juntos, enfrentaron a los soldados y hechiceros que los rodeaban. A cada golpe y conjuro, luchaban con todas sus fuerzas, conscientes de que estaban jugándose la vida.
El sonido del acero chocando contra el acero llenaba el aire, mientras los hechizos chispeaban a su alrededor. Shine y Kael se movían en sincronía, protegiéndose mutuamente, confiando plenamente el uno en el otro, por que juntos eran un gran equipo. A medida que la batalla avanzaba, su determinación no flaqueaba. Brillaban con una pasión que los conectaba en lo más profundo de sus almas. El amor los hacía invencibles, superando cualquier obstáculo. Si esa noche debían de morir, entonces con mucho gusto morirían juntos, con el pecho lleno de orgullo, por que ambos luchaban por su libertad.
Finalmente, después de una ardua lucha, los enemigos comenzaron a ceder. Sin embargo, Theodore, un legendario hechicero, alentó a los soldados a no rendirse. Theodore era poderoso, demasiado para el gusto de Kael. Quizás, si se enfrentarán en un uno a uno las cosas serían diferentes, pero en una contienda tan desigual las posibilidades de ganar se reducían drásticamente.
—No saldremos de este sitio con vida, Shine... —La voz del príncipe era temblorosa. —Necesito que sepas que eres lo mejor que me a pasado en la vida y si pudiera retroceder en el tiempo, créeme que volvería a elegirte... ¡Te eligiría una y mil veces, mi amor! —Le dedicó una mirada cargada de amor.
—Kael... —Quería gritar a los cuatro vientos que él era el amor de su vida, que a su lado se sentía viva y feliz, porque su hogar se encontraba entre sus brazos. Quería decirle que no le importaba morir si moría a su lado. Los ojos azules de Shine se empañaron por las lágrimas y antes de poder decir algo un hechizo por parte de Theodore la dejó completamente paralizada.
La tensión era palpable en el aire mientras Shine quedaba paralizada por el hechizo de Theodore. Sus ojos se encontraron, y en ese momento, la magia los atrapó a ambos en un instante de incertidumbre y miedo. Pero mientras su mente y su cuerpo quedaban inmovilizados, un horrendo evento tenía lugar.
En medio de la distracción causada por Theodore, uno de los soldados enemigos aprovechó la oportunidad y se abalanzó sobre el príncipe Kael, atravesando sin piedad su costado con su espada. Un grito desgarrador y agonizante escapó de los labios de Kael, arrancando el aliento de Shine y dejando un vacío angustiante en su pecho.
Las lágrimas comenzaron a caer en silencio por el rostro de la pelirroja, su corazón se rompía al presenciar la terrible herida infligida al hombre que amaba. La impotencia y el terror se reflejaban en sus ojos, mientras las lágrimas se mezclaban con el dolor en su rostro.
Kael, cayendo de rodillas, luchaba por controlar el dolor que se extendía por todo su cuerpo. La agonía parecía envolverlo como una oscura sombra, amenazando con consumirlo por completo. A pesar de su debilidad, su voluntad de hierro no se quebraba, y en medio de su sufrimiento, su mirada se encontró con la de Shine, transmitiéndole un mensaje de esperanza a pesar de la adversidad.
Sin embargo, cualquier atisbo de resistencia no duró mucho tiempo, ya que rápidamente fue inmovilizado por los soldados enemigos. La fuerza física con la que lo redujeron era insignificante en comparación con el pesar y la desesperación que invadían su ser. Aunque sus manos y piernas se encontraban inmovilizadas, sus ojos reflejaban la valentía y la determinación que lo habían definido como príncipe.
En la oscuridad del momento, Shine observaba con impotencia cómo su querido príncipe era arrebatado de su libertad y confinado en un destino incierto. El amor que sentía por él se intensificaba aún más, y mientras las lágrimas seguían inundando sus mejillas, un fuego ardiente se encendía en lo más profundo de su ser, alimentando su determinación y jurando que haría todo lo posible por liberar a Kael de su cautiverio.
El hechizo de Theodore podía haber paralizado a Shine físicamente, pero su corazón y su mente se revelaban contra cualquier fuerza opresora. Aunque los eventos desgarradores que presenció la dejaron con un sabor amargo en el alma, Shine encontró en sí misma la fuerza para enfrentarse a los desafíos que se avecinan y lucharía incansablemente por el hombre que amaba. No permitiría todo su mundo...
Shine observó con horror cómo Kael yacía herido en el suelo. Su corazón se llenó de rabia y su magia comenzó a emanar de su ser. La energía mágica que la rodeaba creció en intensidad hasta convertirse en una ardiente explosión. La explosión arrasó con la vida de más de cien soldados en un instante, dejando a su paso solo a los hechiceros, quienes se encontraban protegidos por su propio poder. Los vientos agitados y la luz deslumbrante envolvieron a los supervivientes, mientras el caos se desataba a su alrededor.
Shine, completamente ajena a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, continuaba desatando su magia sin control. Sus cabellos pelirrojos se alzaron en el aire mientras las llamas azules encendían su cuerpo. Su expresión reflejaba la confusión y el terror al no poder dominar su propio poder. Los cuatro hechiceros se apresuraron para detener a la joven antes de que alguien más saliera lastimado. Se posicionaron alrededor de ella, entrelazando sus energías para formar un escudo protector que resistiera el torrente de magia descontrolada.
El poder agitado y desbordante de Shine se encontró con la barrera de los cuatro hechiceros, creando una lucha interna entre ambos poderes. La joven pelirroja luchaba por liberarse, pero su mente consciente estaba sumida en la oscuridad, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Finalmente, agotada por la magnitud de su magia y restringida por el esfuerzo conjunto de los hechiceros, Shine se desvaneció en la inconsciencia. Su cuerpo cayó en brazos de los cuatro magos, quienes la sostuvieron con delicadeza mientras la energía disminuía lentamente a su alrededor.
Los hombres quedaron en completo silencio, solo eran interrumpidos por la respiración pesada de los supervivientes. Los hechiceros intercambiaron miradas preocupadas, conscientes de que tenían ante ellos a una joven con un poder inmenso pero incontrolable. Mientras tanto, Kael yacía herido, agradecido de estar a salvo pero preocupado por la seguridad de Shine y a la vez maravillado por la magnitud de su poder.
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La noticia de la captura del príncipe Kael se esparció como un incendio forestal, arrasando con cada reino que atravesaba. Desde los valles más profundos hasta las montañas más altas, se susurraba el nombre del poderoso Theodore, el hechicero que había logrado apresar al príncipe. Su fama crecía con cada palabra susurrada al viento, otorgándole un aura de invencibilidad que hacía temblar hasta el más valiente guerrero.
Sin embargo, el rumor más perturbador seguía al mismo ritmo que su fama. Se decía que junto al príncipe, viajaba una jovencita que nadie parecía conocer. Según los cuentos que susurraban en las tabernas, ella era algo más que una simple mortal. Era un demonio, un ser maligno lleno de destrucción y caos, cuyo poder aniquiló a más de cien hombres en un abrir y cerrar de ojos.
Los rumores alcanzaron incluso los oídos del rey Frederick, quién ansioso esperaba que llegara el hechicero junto a los prisionero. Años de gobernar con puño de hierro le habían enseñado a desconfiar de aquellos que no debían ser confiados, y este nuevo giro de los acontecimientos le generaba aún más incertidumbre.
En una noche estrellada, Frederick recibió la visita del poderoso Theodore. El hechicero entró sin anunciar su llegada, llenando la sala con su presencia magnética. Su mirada oscura y penetrante desafiaba incluso a los rayos de la luna que se filtraban por las altas ventanas del gran salón.
—¿Qué buscas, Theodore? —Preguntó Frederick con voz firme, evidenciando su recelo.
—Vengo a pedirte algo más valioso que cualquier tesoro, Rey Frederick —respondió el hechicero con una sonrisa enigmática.
—Si es algo que está en mi poder darte, lo consideraré —dijo él, sin bajar la guardia.
—Libera al príncipe Kael. Permítele que retome su puesto, los ciudadanos están bastante inquietos sin la presencia del príncipe. Si aceptas mi propuesta te entregaré a la joven que lo acompaña —propuso Theodore, dejando entrever su interés en la misteriosa joven.
El rey Frederick frunció el ceño, meditando sus palabras. Sabía que el príncipe Kael era un valioso aliado y que su liberación podría favorecer al crecimiento de su inmenso imperio, aunque después de todo pensaba utilizarlo para su conveniencia. Sin embargo, Shine demostró ser todo un problema, su poder era inmenso y no sabía controlar su magia, la chica podía ser un arma de doble filo y un peligro para su imperio.
—¿Quién es esa joven y por qué ha causado tanto temor en tus enemigos? —Preguntó Frederick, intentando obtener más información mientras fingía ignorancia e inocencia.
—Ella es un enigma. Algunos la llaman demonio, otros creen que es la personificación del mal. Pero solo sé esto, su poder es incomparable y dondequiera que pisa, la oscuridad le sigue —respondió Theodore, mirando fijamente al rey
Frederick se mordió el labio inferior, sumido en sus pensamientos. La tentación de deshacerse de aquel supuesto demonio era grande, pero su su ambición era mayor a su cordura. Lo ideal y más seguro sería quemar a la pelirroja, exterminar su maldita existencia, pero su ambición le gritaba que la utilizará, que ganara más poder junto a ella.
—Liberen al príncipe, atiendan sus heridas y a ella traedla ante mí —ordenó finalmente Frederick, con un tono de voz que no admitía discusión.
El hechicero asintió, sabiendo que había obtenido lo que quería. Con paso decidido, abandonó el castillo del rey, dirigiéndose hacia la mazmorra donde el príncipe Kael era mantenido cautivo. Los soldados al verlo hicieron una leve reverencia e inmediatamente acataron su orden, sacaron al príncipe del calabozo y Theodore se encargó de curar las heridas, no permitiría que Kael muriera, él era el único que podía controlar a aquel demonio de apariencia frágil y hermosa, pero por dentro, solo era una bestia sin alma.