El rey Frederick, con los ojos desorbitados y el rostro enrojecido de ira, se encontraba dentro del calabozo, observando con desquicio cómo Shine, indefensa, estaba acorralada contra el húmedo muro de piedra. El aliento fétido del rey se podía percibir en el aire, mientras avanzaba tambaleándose hacia ella, una sonrisa malévola dibujada en su rostro. Sin dar tiempo a reaccionar, el rey tomó violentamente el cabello de Shine, apretando con saña mientras ella forcejeaba desesperadamente. Los ojos de la joven reflejaban el miedo y la angustia, pero también una chispa de ira y desprecio.
En medio de aquel infierno, desde el calabozo contiguo, el príncipe Kael, cautivo también, sentía la impotencia recorrer sus venas al presenciar el sufrimiento de Shine. Pero algo dentro de él se encendió, su cuerpo se llenó de energía y su mente se concentró en un solo objetivo: proteger a la mujer que amaba. Un destello deslumbrante de luz estalló desde el pecho del príncipe, extendiéndose en un amplio radio en dirección al rey Frederick. La energía se materializó en forma de una fuerza sobrenatural que golpeó al déspota, desequilibrándolo y lanzándolo por los aires.
El rey, impotente, fue arrojado con violencia y se estrelló contra las frías paredes de piedra, su cuerpo retorciéndose en un intento por mitigar el dolor. El sonido sordo resonó en el calabozo, llenando el aire de una tensión palpable. Shine, liberada del agarre del rey, cayó de rodillas, respirando agitadamente y tratando de recomponerse. Sus ojos, llenos de gratitud y asombro, se encontraron con los del príncipe Kael a través de los barrotes. Una mezcla de alivio y esperanza brillaba en su mirada mientras veía cómo él había arriesgado todo para protegerla.
En ese momento, el príncipe Kael sabía que no había vuelta atrás. Había desplegado su poder y había enfrentado al rey para salvar a Shine, la mujer que había robado su corazón. A partir de aquel instante, su destino estaría unido y juntos lucharían contra cualquier adversidad que se interpusiera en su amor, aún si eso significará enfrentar a su propia padre.
—Me las pagarás Kael... —Un lastimero quejido escapó de la boca del rey. El hombre con esfuerzo se puso de pie y desenfundó su espada apuntando a la joven pelirroja. —¡Mataré a esta perra!
La tensión en el aire era palpable mientras Kael observaba con horror cómo Shine estaba en peligro. Sin vacilar un segundo, decidió tomar medidas drásticas para protegerla y sacarla de ese peligro inminente. Con un rápido movimiento de su mano, invocó un poderoso maleficio, dirigiéndolo hacia el rey, responsable de la situación.
El rey, sorprendido por la súbita acción de Kael, se vio empujado hacia atrás con una fuerza insospechada. Su cuerpo, en completa impotencia, fue expulsado por los aires como una marioneta descontrolada. Al caer al suelo, su cabeza se golpeó violentamente contra las frías piedras del castillo, dejándolo completamente inconsciente.
Shine, aturdida por la violencia y la rapidez de la situación, observó cómo el cuerpo del rey yacía inmóvil en el suelo. Corrió hacia Kael, con el corazón acelerado, su preocupación por él superando cualquier otra cosa. Lo tomó suavemente de los hombros, buscando su mirada, esperando que él estuviera bien.
Kael, aún con la mirada fija en el rey, ahora inmóvil, se giró lentamente hacia Shine. Su rostro, marcado por la preocupación y el terrible peso de sus acciones, reflejaba un profundo temor por las posibles consecuencias. Sin embargo, su determinación por proteger a Shine siempre fue su motor.
—¿Estás bien, Shine? —Preguntó Kael con voz entrecortada, sintiendo la urgencia de su respuesta.
—Sí, estoy bien —respondió ella con voz temblorosa, sin poder apartar los ojos de aquel hombre que yacía en el suelo.
Kael la abrazó con ternura, intentando consolarla en medio de la tormenta de emociones que los envolvía. Aunque el peligro no había terminado y las repercusiones de su acto eran inciertas, ambos sabían que estaban juntos en esto, dispuestos a enfrentar cualquier obstáculo que se presentara. En medio de la incertidumbre, sus corazones latían al unísono, su amor creciendo aún más fuerte ante la adversidad. Conscientes de que aún tenían mucho por enfrentar, juntos se dieron la mano, dispuestos a escribir su propio destino, sin importar las consecuencias que vendrían con ello.
—Es momento de escapar, Shine. Si no lo hacemos ahora estaremos perdidos. —Tomó las manos de la joven por entremedio de los barrotes. —Quita las llaves, mi padre las carga entre su ropa.
—Esta bien... —Dijo nerviosa, soltó con pesar las manos del príncipe y corrió a donde el rey yacía inconsciente. Con cierta repugnancia hurgó entre sus finas ropas hasta dar con las llaves.
Shine luchó con todas sus fuerzas contra el cerrojo oxidado de la puerta de su calabozo. Después de varios intentos, el sonido metálico marcó el instante en que logró abrirla. Con una mezcla de miedo y determinación, entró sigilosamente en la estancia sombría donde había estado prisionera durante tanto tiempo.
Allí, yacía el cuerpo inconsciente del rey, su captor, tendido en el suelo sin ningún rastro de vida en su rostro. Shine sintió una oleada de alivio y pena, pero sabía que no podía permitirse detenerse en ese momento. Extendiendo su mano hacia el príncipe Kael, quien también estaba retenido en la celda contigua, se dirigieron a paso rápido hacia la salida.
Kael, tomando la mano de Shine con firmeza, la guió hábilmente a través de los pasillos del castillo. Conocía cada rincón como la palma de su mano, habiendo crecido entre aquellas paredes inhóspitas. El príncipe apenas podía contener su alegría al escapar de la oscuridad que había ensombrecido sus días. Abandonaron las profundidades de los calabozos, ascendiendo hacia la libertad con cada paso que daban. Kael seguía adelante, sin vacilar, mientras Shine confiaba plenamente en él, dejándose llevar por aquel hombre que le había devuelto la esperanza.
Juntos, atravesaron pasadizos secretos y escaleras silenciosas, esquivando cualquier posible obstáculo en su camino hacia la habitación de Kael. Finalmente, llegaron a una puerta tallada con adornos intrincados, que se abrió revelando un dormitorio simple pero acogedor. Kael soltó la mano de Shine y, con gentileza, la invitó a entrar. Ella lo miró con gratitud y le sonrió. Ambos respiraban agitados y sus corazones latían al ritmo vertiginoso de la aventura que acababan de vivir.
Sin decir una palabra, Kael cerró la puerta tras ellos y se acercó a Shine. La tomó en sus brazos y la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla de todos los horrores que habían dejado atrás. Shine se aferró a él, encontrando consuelo y seguridad en aquel abrazo sincero. En ese momento, sus miradas se encontraron y todo lo demás dejó de existir. El mundo se detuvo y solo existían ellos dos, unidos por un hilo invisible pero irrompible. La habitación se llenó de un intenso silencio, solo interrumpido por el latido apasionado de sus corazones.
Kael acarició suavemente el rostro de Shine, deslizando sus dedos por su mejilla. Sin decir una palabra, se acercaron lentamente, dejando que sus labios se encontraran en un beso lleno de anhelos y promesas. En ese instante, supieron que estaban destinados a estar juntos, ambos se protegerían sin importar qué. Después de un prolongado beso ambos se separaron, mirándose a los ojos y sonriendo con complicidad.
—Cambiemos estas ropas, llamarán la atención si huimos con ellas. —Recorrió la mejilla de la joven con sus labios.
—Esta bien... —Se estremeció de pies a cabeza.
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El viento nocturno susurraba en los oídos de Kael y Shine mientras corrían a través de los oscuros bosques que rodeaban el imponente castillo. Su piel resplandecía bajo la luz de la luna, que parecía brillar solo para ellos en esa noche de escape. Sus corazones latían con fuerza, mezclando la emoción del miedo con la liberación de estar lejos de las garras del destino que había marcado sus vidas.
Habían dejado atrás todo lo que conocían, pero también todo lo que los había sometido a la opresión y la falsedad. Ahora, juntos, se abrían camino hacia un futuro incierto pero lleno de promesas. Los peligros acechaban a su alrededor, pero se aferraban al refugio que encontraban en los brazos del otro.
Kael montaba con destreza en su corcel n***o, cuyas crines parecían bailar al ritmo de la adrenalina que fluía por sus venas. Con cada golpe de cascos en el suelo, avanzaban más y más hacia la libertad. Shine se aferraba a su amado, sintiendo cada latido de su corazón y cada leve movimiento de su cuerpo. Se sentía segura, protegida; finalmente había encontrado su refugio en medio de aquel caos.
El susurro del viento, los latidos desenfrenados de sus corazones y el galope del caballo se convertían en una sinfonía que anunciaba su huida. Sonrisas pícaras se dibujaban en sus rostros al darse cuenta de que habían logrado engañar a los guardias, a quienes encontraron inconscientes y ebrios en el camino. Aprovechando aquel festín del rey, habían sido invisibles, ocultos entre las sombras de la noche, como dos espíritus que se negaban a ser encadenados.
El castillo se alejaba lentamente en la distancia mientras se maravillaban de la libertad que habían encontrado. Sus mentes se llenaban de sueños y esperanzas, mientras se sumergían en un profundo silencio cargado de complicidad y amor. Sus miradas se encontraban de vez en cuando, entrelazando sus destinos con la certeza de que estarían juntos hasta el final.
El cielo estrellado los observaba desde lo alto, una prueba muda de su amor y valentía. El caballo cabalgaba con fuerza hacia el horizonte, desafiando cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino, mientras Kael y Shine sentían cómo cada centímetro que dejaban atrás aumentaba su determinación y su deseo de vivir una vida en la que el amor fuera la única ley. El tiempo parecía detenerse en esa huida mágica, llena de romanticismo y esperanza. Cada suspiro que compartían se convertía en una promesa, cada caricia en un juramento eterno. Juntos, sabían que no había nada que pudiera detenerlos, que su amor era más fuerte que cualquier maldición o barrera.
Huyendo del pasado, se adentraban en un futuro incierto, pero lleno de oportunidades y aventuras. Kael y Shine habían encontrado la libertad en su escape, pero también habían encontrado el amor verdadero en los brazos del otro. En su huída, se abrazaban al presente y construían paso a paso un destino en el que serían los únicos dueños de sus propias vidas. Juntos, derribarían los muros que les habían sido impuestos y abrirían las puertas a una historia de amor que se escribiría para siempre en los corazones de ambos.
Shine y Kael habían llegado a un pequeño pueblo, escapando de sus perseguidores. Tras un largo día de viaje, estaban agotados y necesitaban descansar. Decidieron quedarse en una modesta posada que parecía pasar desapercibida ante los demás. Sin embargo, antes de instalarse en sus habitaciones, decidieron darse un rápido baño para limpiar el polvo y el cansancio del camino. Con discreción, cada uno se encerró en una pequeña sala de baño separada.
Kael, que siempre llevaba consigo ropa sencilla de campesino, se vistió rápidamente mientras ocultaba su verdadera identidad. Sabía que, en aquel lugar, era mejor no llamar la atención. Una vez listo, buscó en su mochila y encontró una camisa y pantalones que podrían servir para Shine. Sin pensarlo dos veces, se los entregó a la pelirroja y sugirió que se hiciera pasar por un hombre.
Shine, aunque al principio dudó de la idea, comprendió que era la mejor opción para evitar cualquier problema. Se puso la ropa de campesino y se envolvió un trozo de tela alrededor del pecho para disimularlo. Determinada a no ser descubierta, miró las tijeras que había sobre el lavabo y, con un gesto firme, decidió cortarse su largo cabello cobrizo como si fuera un varón.
El sonido de las tijeras cortando sus mechones llenó la sala de baño, pero Shine no se detuvo. Su corazón latía con fuerza y una mezcla de nerviosismo y valentía la invadía. Cuando terminó, se miró en el espejo y se dio cuenta de que, incluso con el cabello corto, seguía luciendo hermosa. Satisfecha con su nueva apariencia, salió de la sala de baño y esperó a Kael. Al verla, él no pudo evitar una expresión de sorpresa y admiración. Sus ojos recorrieron su figura, notando lo diferente que se veía sin su usual cabellera. Sin embargo, en esa mirada no había más que respeto y apoyo mutuo.
—Luces increíble —susurró Kael, emocionado por la valentía y determinación de Shine.
Ella sonrió tímidamente, agradecida por su apoyo silencioso. Su transformación no solo era física, sino también interna. Ambos sabían que la situación requería que se adaptaran y, aunque seguían en peligro, juntos eran más fuertes. Salieron de la posada, con Shine haciendo su mejor esfuerzo por caminar y actuar como un hombre. Aunque sabían que el disfraz era frágil, estaban dispuestos a arriesgarse por su seguridad y por el amor que había nacido entre ellos. En aquel momento, dejaron atrás su antigua vida e iniciaron una nueva jornada llena de incertidumbres pero también de esperanza.