El tiempo transcurrió y Shine dejó de ser esa niña asustadiza que llegó como ofrenda de paz al reino. Ahora era una mujer, con solo diecinueve años ya era todo una guerrera, aunque no se sentía orgullosa de ello, pero al menos, ser un arma poderosa para el reino le permitía amar libremente al príncipe Kael. Kael, quién era su todo, con él a su lado se sentía viva, tan real, tan feliz. Al menos las horas que podían amarse libremente todo desaparecía a su alrededor, solo eran ellos dos siendo solo uno.
En medio de la intensidad de los entrenamientos de Shine, la oscuridad empezó a cernirse sobre el reino. El rey Frederick, astuto y oportunista, aprovechó el tiempo para tejer su telaraña de poder, apoderándose lentamente de todo el país. Uno tras otro, los pueblos fueron cayendo bajo su mano de acero, sometidos sin piedad a su voluntad.
La noticia de la toma de control llegó a oídos de Shine y su corazón se llenó de indignación. Aunque había estado enfocada en su preparación, no podía ignorar la opresión que se extendía por todo el reino. Sin embargo, sabía que enfrentar al rey significaría poner en peligro a la única persona que amaba y renunciar a un felices por siempre. ¿Era egoísta pensar de ese modo? Probablemente lo era, pero nadie podía culparla por ello, por años vivió encerrada y sumida en la soledad, siendo tachada como un error y tratada peor que un perro. Con Kael conoció el amor, descubrió que la vida tenía sentido y que a pesar de las circunstancias ellos podrían ser felices.
La fuerza y la influencia del rey Frederick no dejaban espacio para la disidencia. Nadie se atrevía a desafiarlo o cuestionar sus acciones, temerosos de experimentar su ira desmedida. El rey era poderoso, implacable y no había poder que se le igualara. Para nadie era un secreto que el hombre practicaba la magia negra, que torturaba y sacrificaba inocentes y ofrendaba la sangre de estos. Todos le temían, de por sí Frederick era peligroso, letal y despiadado.
El sol se encontraba en su descenso, pintando el cielo con una gama de colores cálidos y dorados. En aquel idílico escenario, el príncipe Kael se aproximaba a la joven Shine. Su corazón latía con fuerza mientras el príncipe rodeaba con ternura su cuerpo con sus brazos, acercándola a él en un cálido abrazo.
La suave brisa acariciaba los mechones de fuego de Shine, mezclándose con los suspiros entrecortados de ambos. Al encontrarse cara a cara, sus labios se unieron en un apasionado beso, explorando cada rincón y saboreando el dulce aroma que desprendían. Los besos se repetían una y otra vez, sellando el amor y la complicidad que había surgido entre ellos.
Entre risas y sonrisas contagiosas, Kael apartó suavemente los labios de Shine, desviando su atención hacia su entrenamiento. La joven había superado con éxito una etapa importante en su camino, y el príncipe no podía sentirse más orgulloso de ella. Sus ojos reflejaban admiración y felicidad al verla crecer y alcanzar nuevos logros.
Tomándola de la mano, Kael guió a Shine fuera de la abadía donde se habían entrenado. El ambiente se volvió más intenso y lleno de anticipación cuando el príncipe la ayudó a montar en su caballo, a lado de él. Sus miradas se encontraron una vez más, transmitiéndose el amor y la complicidad que sentían el uno por el otro. Ella en un gesto íntimo decidió recargar su cabeza contra el duro pecho del príncipe.
El caballo comenzó a galopar suavemente, llevándolos a través de campos verdes y prados llenos de flores. El viento jugaba con sus cabellos y las risas llenaban el ambiente, mientras el sol descendía cada vez más en el horizonte. Shine podía sentir la fuerza y seguridad de Kael a su lado, confiando en él para guiarla hacia un futuro incierto pero lleno de promesas.
A medida que avanzaban hacia el pueblo todo lo bonito comenzó a desdibujarse, el paisaje se tornó en ruinas, siniestro y hostil. Kael, recordó que a las afueras de su pueblo había un pequeño pueblo ajeno a ellos, el cual era bastante pacifico y jamás tuvieron problemas con sus habitantes. Pero al parecer, su padre decidió arrebatar la vida de cientos de inocentes y someter a los sobrevivientes a su maldito yugo.
—Dios... Esto es horrible... —La voz de la joven salió entrecortada. —¿Quién hizo todo esto, Kael? —Se aferró más a él.
—Fue mi padre, eso es evidente... Aunque desconozco sus motivos, lo averiguaré cuando lleguemos al castillo.
•••
El príncipe Kael atravesaba velozmente los pasillos del majestuoso castillo, con cada paso su corazón latía con más fuerza. Sus ojos rojizos estaban llenos de determinación y furia. No había tiempo que perder, debía confrontar a su padre.
Con paso firme, Kael llegó a las puertas de la cámara real. Sin pedir permiso alguno, las abrió con una energía desbordante y se adentró en la estancia. Los consejeros, sorprendidos por su entrada abrupta, se retiraron a toda prisa. El rey Frederick, imponente y altivo, se encontraba sentado en su trono, observando a su hijo con una sonrisa burlona.
—¿Qué te trae aquí, hijo mío? ¿Acaso me has dado muerte en tu mente? —Preguntó el rey, su voz cargada de desdén.
Kael se plantó frente a su padre, sin desviar la mirada. La ira crecía en su interior y su voz resonó en toda la cámara. —Quiero respuestas, padre. ¿Por qué has asesinado a esas personas pacifistas? Ellos te respetaban, no te hacían daño alguno.
El rey Frederick soltó una carcajada cruel, llenando la estancia con su eco. —Kael, mi querido hijo, pronto serás el rey. Debes aprender que el poder se obtiene mediante la fuerza. Aquellos que no deseen doblegarse ante mi poder, serán exterminados. Este mundo es de los fuertes, debes de entender eso de una maldita vez.
La rabia en el príncipe Kael alcanzó su límite. Sus puños se apretaron y su mandíbula se tensó. —¡Eso no es gobernar, padre! ¡Es tiranía! No puedo permitir que continúes destruyendo vidas inocentes.
El rey Frederick, imperturbable, se levantó de su trono y se acercó a su hijo. —No me cuestiones, Kael. Eres joven e inexperto. Pronto entenderás que esta es la única forma de mantener el poder y la grandeza de nuestro reino.
Con lágrimas de impotencia amenazando con caer, Kael clavó su mirada en los ojos de su padre. —No puedo aceptarlo, padre. Prefiero renunciar a mi derecho al trono antes de convertirme en un monstruo como tú.
El rey Frederick soltó una risa despreciativa. —Tan ingenuo, mi querido hijo. Pero recuerda, si renuncias al trono, también renunciarás a todos los beneficios que este te otorga. No tendrás nada. Además, te recuerdo que ya eres un monstruo.
Kael se mantuvo firme en su decisión. —Prefiero vivir con la conciencia tranquila, padre. No seré cómplice de tus atrocidades.
Tras esas palabras, Kael dio media vuelta y abandonó la cámara real. El sonido de sus pasos resonó en los pasillos del castillo, llevando consigo el peso de una decisión tomada. Sabía que su vida cambiaría para siempre, pero no había duda en su corazón. No podía permitir que el poder manchara su alma y se transformara en alguien tan despiadado como su propio padre.