La luz parpadeante de la bombilla proyectaba sombras largas, y la imagen congelada del proyector —el padre de Ismeiry entregando un maletín a Valeria— seguía grabada en la retina de Ismeiry como una quemadura. La presencia de Clara, la supuesta amiga leal de Sofía, junto a Valeria, era un golpe que Ismeiry no había visto venir. Y el ruido metálico en la oscuridad, la certeza de que alguien más los observaba, grabando, hacía que su piel se erizara. Estaba atrapada en un juego donde las reglas seguían cambiando, y cada revelación la arrastraba más profundo al abismo. Valeria dio un paso adelante, el sobre en su mano brillando bajo la luz tenue, su sonrisa fría como el hielo. —Ismeiry, no te ves sorprendida —dijo, su voz suave pero cargada de amenaza—. ¿Sabías algo de los negocios de tu padr

