La pantalla de la laptop de Ismeiry seguía congelada en el último cuadro del video: ella y Alejandro, enredados en un frenesí de deseo en su propia sala, grabados desde un ángulo imposible que sugería una cámara oculta. El mensaje anónimo —“Valeria sabe lo que hiciste. Mira el archivo en la USB. Ahora.”— era una amenaza que resonaba en su mente como un tambor de guerra. Alguien había invadido su santuario, su espacio más íntimo, y el nombre de Valeria, junto con “El Círculo,” se cernía como una nube oscura. Ismeiry cerró la laptop con un golpe seco, su respiración acelerada, las marcas frescas en su cuerpo palpitando como un recordatorio de su vulnerabilidad. No podía quedarse quieta. La USB, aún conectada, contenía más archivos: documentos con nombres en clave, transferencias bancarias a

