Ella estaba sentada en el borde del sofá, el teléfono de Alejandro aún en sus manos, la pantalla iluminada con la foto que Ismeiry había enviado, un muslo pálido marcado por un moretón oscuro, acompañado de un mensaje que cortaba como un cuchillo: “Esto es tuyo. No lo olvides.” Las lágrimas habían secado en sus mejillas, dejando un rastro salado que ardía en su piel. No era solo la prueba de la infidelidad; era la certeza de que Alejandro, el hombre al que había amado durante años, se estaba deslizando hacia un abismo del que ella no podía rescatarlo. El sonido del agua de la ducha cesó, y Sofía guardó el teléfono rápidamente, colocándolo en la mesita de café como si quemara. Se levantó, alisando su vestido azul, intentando recomponer la fachada de normalidad. Pero cuando Alejandro salió

