El amanecer se filtraba por las cortinas de la habitación de Ismeiry, bañando la cama en un resplandor pálido que contrastaba con el caos de la noche anterior. Las sábanas negras estaban enredadas, marcadas por el sudor y el perfume de tres cuerpos. Ismeiry yacía despierta, su cuerpo dolorido por los moretones frescos que Alejandro y Stefany habían dejado, cada marca un recordatorio de la intensidad que había consumido la mansión horas antes. A su lado, Stefany dormía, su respiración suave pero inquieta, el cabello rubio desparramado sobre la almohada. Ismeiry la miró, sintiendo una mezcla de triunfo y algo que no quería nombrar: culpa, tal vez, o miedo de haber cruzado una línea que no podía deshacer. Se levantó con cuidado, ponéndose una bata de seda que apenas cubría los moretones en s

