El bar estaba en silencio, salvo por el murmullo de los vasos y las conversaciones apagadas de los pocos clientes que quedaban. Ismeiry y Alejandro se quedaron inmóviles, el eco de las palabras de Sofía resonando como un trueno en sus oídos. “Esto termina ahora.” Por primera vez, Ismeiry no tenía una réplica, ninguna sonrisa arrogante para ocultar el vacío que crecía en su pecho. La mirada de Sofía, llena de dolor y determinación, había sido un espejo que reflejaba todo lo que ella había intentado ignorar: el daño que había causado, la obsesión que la había consumido, la mujer que se había perdido en el proceso. Alejandro fue el primero en moverse, soltando la mano de Ismeiry como si quemara. —Esto fue un error —dijo, su voz baja, casi un susurro—. Todo esto. Ismeiry lo miró, su corazón

