La ciudad despertaba bajo un cielo gris, las nubes colgando bajas como un presagio. Ismeiry estaba en su mansión, mirando el mensaje de Antoni en su teléfono. “Esta noche, mi loft. Sin Torres. Solo tú y yo.” La invitación era una trampa, lo sabía. Antoni no era Alejandro; su interés era oportunista, un intento de aprovechar el caos que ella había desatado. Pero una parte de ella, la parte que aún buscaba llenar el vacío, consideraba ir. No por deseo, sino por la necesidad de probarse a sí misma que podía seguir adelante, que no necesitaba a Alejandro para sentirse viva. Se puso una chaqueta de cuero y botas, dejando atrás los vestidos provocativos que habían definido sus noches. El espejo de su habitación reflejaba una versión de ella que no reconocía: sin maquillaje, el cabello suelto, l

