Llamas Eternas

1655 Palabras

La mansión de Ismeiry estaba sumida en un silencio opresivo, roto solo por el eco de sus pasos en el mármol. Había dejado a Antoni en los escalones, su oferta de caos rechazada, pero el fuego en su interior seguía ardiendo, un hambre que no podía apagar con palabras de redención. La despedida en el Nocturne, el beso de Stefany, la partida de Sofía a Barcelona —todo la había dejado al borde de un precipicio. Pero no era el vacío lo que la asustaba; era la certeza de que, a pesar de todo, aún quería a Alejandro, aún necesitaba sentirlo, consumirlo, poseerlo. Se quitó la chaqueta de cuero, arrojándola al suelo, y se miró en el espejo de la sala. Los moretones en su cuerpo —en los muslos, el cuello, las muñecas— eran un mapa de su obsesión, cada marca un testimonio de los límites que había cr

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