La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la mansión de Ismeiry, un ritmo constante que acompañaba el silencio tenso del grupo reunido en el salón. Los documentos y el pendrive de Mateo Salazar estaban esparcidos sobre una mesa de roble, junto a los cuadernos de Rafael, el padre de Sofía, y de Luis, el padre de Ismeiry. Sofía, Ismeiry, Alejandro, Stefany, Daniela y Elena estaban sentados en círculo, cada uno procesando la revelación de que Mateo Salazar era el Fantasma, el hombre que había orquestado las muertes de sus padres. Pero las anotaciones en los cuadernos sugerían algo más grande: un plan conjunto de Rafael y Luis para desmantelar “El Círculo,” un legado que ahora recaía en sus hijas. Sofía, con el cuaderno de su padre abierto, leía una entrada en voz alta, su voz temblando

