La penumbra de la habitación estaba teñida de tonos ámbar por la luz que se filtraba, amortiguada, entre las cortinas de la habitación. Elara despertó lentamente, como quien vuelve de un sueño hecho de tacto, susurros y temblores. Parpadeó un par de veces, reconociendo el calor del cuerpo a su lado con un suspiro tembloroso. Lucius dormía aún. Podía sentir su respiración que hacía subir y bajar su pecho musculoso. Su perfil era sereno en el reposo, como si los siglos no pesaran en él en ese momento. Elara lo contempló en silencio, su pecho subiendo y bajando con lentitud, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios. Lo que habían compartido no era solo placer, claro que no. Era algo que aún no podía nombrar, pero que sentía en la médula de sus huesos. Incluso, era algo más que el amor.

