—Hola Elara, espero que estés bien. Dijo el hombre ni bien atravesó la puerta. —¿Es una maldita broma? Me secuestraron y me tienen encadenada como si fuera un animal. El hombre se acercó, y ella se echó hacia atrás. —No te haré daño, te voy a soltar pero no intentes nada, Elara. El hombre liberó las cadenas y ella se frotó las muñecas. Luego, el atractivo hombre de unos cuarenta se sentó junto a ella. —Lo último que haría en el mundo sería herirte Elara...Yo...soy tu padre... —¿Qué dijiste? —susurró Elara, aunque ya lo había escuchado. Cada palabra le latía en los oídos como un eco húmedo, imposible de ignorar. El hombre, ese extraño con ojos tan claros como los suyos, se inclinó hacia ella con calma contenida. —Que soy tu padre. Mi nombre es Adam. Elara se apartó instintivament

